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DES PUEDEN COEXISTIR DE CUANDO EN CUANDO CIERTAS RUINES OBRAS. "Por lo demás, alguna vez he comprobado que los muy exigentes con los otros usan fácilmente de gran indulgen– cia consigo mismos... » Carmen del Río escuchaba atentísima, y aunque su juicio no se rendía del todo ante las explicaciones del Padre, comprendía, sin embargo, que estaban bien fun– dadas y no se las podía rechazar a la ligera. El P. Fidel habló luego sobre la necesidad de distin– guir entre el elemento humano y el elemento divino de la Iglesia... ; y concluyó así: «Los cristianos, aun cultivando en nosotros la mejor de las voluntades posibles en el hombre, siempre resultare– mos escasamente dignos de la Religión que profesamos. Pe– ro esto no demuestra la falsedad del Cristianismo, sino las hondas averías de nuestra naturaleza. Casi estoy por decir que nuestros fallos individuales y colectivos resul– tan una extraña apología de la iglesia católico-cristiana: muy bajo la acción divina debe de estar una Religión que, al cabo de veinte siglos, y a pesar de las innúmeras mise– rias, errores, bellaquerías e indignidades de quienes la profesan, no sólo subsiste, sino que se muestra cada día más potente y conquistadora. »Con esto no pretendo, naturalmente, justificar todo lo que hay entre nosotros, pues sé la impresión desmoraliza– dora que producen algunas conductas, en las que resalta demasiado brutalmente el desacuerdo entre las creencias y las acciones. (Las consecuencias de tal desacuerdo se ha– cen notar más en este nuestro tiempo, tan inclinado, bajo marca cultural anglosajona, a valorarlo todo con criterios casi exclusivamente pragmatistas: las teorías o doctrinas valen lo que valen sus resultados en la práctica). Sólo he querido llamar tu atención sobre la universal miseria de la naturaleza humana, para que no juzgues con dureza a los cristianos: por ser «oficialmente» seguidores de Cris– to, no hemos dejado de seguir siendo hombres... » Menos fácil resultó al P. Fidel acallar a su interlocutora en cuanto al segundo punto básico de sus dificultades con– tra la Religión. Las preguntas de ella se nos habrán ocurri– do a todos, y quizá más de una vez en la vida: ¿por qué Dios, esto? ¿por qué Dios, lo otro? 412
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