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uno de sus libros: «Dignidad del Cristianismo e indignidad de los cristianos». Se trata, como ves, de un título bien significativo. Muchas miserias hay, ciertamente, entre nos- otros los cristianos, y no podemos el derecho que se tiene a exigirnos una seria o mejoría; pero nosotros también podemos un poco de com- prensión a muchos implacables críticos... A sorprendente altura de perfección deben de estar ellos, cuando preten– den de nosotros una perfección casi absoluta. que no han conocido en sí mismos la tragedia del «querer y des– fallecer» moral? La realización plena de un ideal muy subido es tarea de toda la vida, y aun las voluntades me– jor dispuestas y templadas conocen muchas suertes de cansancios y vaivenes en tan difícil ascenso. «¿No has leído nunca lo que San Pablo escribió a los primeros fieles de Roma? Se trata de una terrible con– fesión, tanto más impresionante si tenemos en cuenta que la hacía un apóstol, confirmado ya en gracia (bien es verdad que al hablar así, su voz, más que la de Pablo de Tarso, era la voz del hombre caído y el clamor de su más íntíma angustia): «No acierto a explicarme mi pro– pio obrar, pues no es lo que yo de verdad quiero lo que obro, sino que a veces hago aquello mismo que aborrez– co... Querer el bien, a mano lo tengo; mas no así el po– nerlo por obra... Con mi mente, con rni espíritu, conozco la Ley divina, y me complazco en ella; mas luego siento otra Ley en mis ·miembros que lucha contra la de Dios, y me tiene como sojuzgado. ¡Infeliz de mí! ¿quién me librará de este cuerpo de muerte?» »Respuesta a tan acongojada pregunta se la da el mis– mo apóstol: LA GRACIA DE DIOS, POR JESUCRIS– TO. »Para explicarte adecuadamente todo este pasaje de la Epístola a los Romanos, tendría que hacer un largo recorrido por la doctrina católica sobre la gracia, su ne– cesidad y efectos; pero lo que yo pretendía aclarar de momento es que no se puede adoptar fácilmente la acti– tud de «rasgarse las vestiduras» o «arrojar la primera pie– dra» ante las deficiencias (desórdenes, si quieres) de nues– tros prójimos, aunque sean sacerdotes, y estén, por con– siguiente, más obligados que nadie a dar ejemplo. Todos debemos aprender que CON LAS MEJORES VOLUNTA- 411

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