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la pobre artista del café cantante, Carmen del Río se ha– bía desentendido ya de todo, preguntándose si habría al– go más que farsa en todo aquello de la religión. Por eso le desagradaba en conjunto la lectura de «Avanzadilla»; porque dudaba de la, sinceridad d~ quie– nes lo escribían. Si ellos mismos no podían estar seguros de lo que gritaban tan reciamente, al hablar así, no eran más que unos ruidosos farsantes. Y nada podía excitarla tanto al asco como la insinceridad, el defender por pura fórmula, porque se vive de ello, algo que no se siente. A todos los «farsantes» les escupiría ella con mucho gusto en plena cara. A pesar de todo, Carmen del Río no podía dejar de leer «Avanzadilla», un número tras otro. Algunas cosas, pocas desde luego, le gustaban casi plenamente; bastantes otras la ponían de mal humor. Y casi siempre terminaba arrojando el periódico: «¡Idiotas! ¿Qué se habrán creído? ¿Pensarán que van a convencernos con su destemplado es– cribir y sus idioteces moralizadoras?» Lo curioso era que ella sentía en «Avanzadilla», sin querérselo confesar, algo que la atraía oscuramente, des– pertando su interés. Ante aquel periodiquito no podía reaccionar simplemente como ante tantas otras cosas:' con el más frío desprecio o indiferencia. Le venían a veces ga– nas de hacerlo añicos entre sus manos; y, sin embargo, hasta concluir no podía dejar su lectura; y de cuando en cuando, al acabar ciertas páginas o secciones, quedaba extrañamente pensativa. Hacia mediados de septiembre, con una de sus típicas reacciones, Carmen del Río decidió hacer una visita al «jefe de todo aquello». Sería por lo menos una nueva ex– periencia interesante. Bien podía ocurrir además que aquel fraile no fuese tan vulgar como ella se los imaginaba a todos ... Quizá fuese hombre inteligente, y hasta con perso– nalidad - cosa ésta de la que se pagaba mucho la joven, aunque entendiéndola a su modo -. Y si al fin él salía con lo del alma y la eternidad y la necesidad de la reli– gión y otras muchas «cosas aburridas que ella se sabía ya de memoria», todo sería cuestión de saber aguantar el «rollo», y... no volver más por allí. Pensado y hecho. Carmen del Río se dejó caer una bue– na tarde por el recibidor del convento. El comienzo de la 408
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