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lujosos locales de moda, como emborracharse con tinto– rro en cualquier bodegón. Dios ha de ser el árbitro su– premo para fallar sobre todas las conductas; y a Dios no se engaña con buenas formas, conveniencias sociales y otras zarandajas que invocan con excesiva frecuencia quienes tratan de servir a dos señores. La Moral c1istia– na, señor Lucifer, tiene principios inconmovibles, y éstos no pueden pasar; quienes pasarán, y no con gloria, son los cretinos o degenerados que intentan adaptarlos a su capricho. »¿Por qué no dedican a modas una página de su pe– riódico? - pregunta usted -. Y nosotros contestarnos: Porque no tenernos ganas de perder el tiempo, ¿entiende? »La conclusión de su carta nos aclara muchas cosas: «Contéstenme por medio del periódico, si es que se atre– ven, pues dadas las libertades que tenemos hoy en Espa– rza me es imposible revelarles mi domicilio» ... ¡Vaya! ¡ Por fin enseñó usted la oreja! ¿Con que usted gozaba de más libertad en la España del doctor Negrín? Pues todos sa– bemos muy bien qué clase de gentuza andaba entonces suelta. »Por lo demás, resulta innecesario que nos revele su domicilio. Hemos preguntado a una niña: Oye, pequeña, ¿tú sabes dónde vive el señor Lucifer? - Sí, señor. En el infierno. »Sinceramente le desearnos que no sea ésta su mora– da definitiva». En agosto - según queda dicho - no apareció más que un número de «Avanzadilla», el número 10. Fue con el número 11, entrado ya septiembre y superada por el P. Fidel su «hora del desaliento», cuando se reemprendió la marcha... El recuadro de la página primera era la es– cueta justificación de un «estilo» que algunos no compren– dían y otros criticaban, quizá no siempre con mala inten– ción. ¿No sería mejor variar con el nuevo curso la línea mantenida hasta entonces por «Avanzadilla»? El recua– dro del número 11 decía así: «Hay quienes se extrañan de nuestro ardor combativo, y aseguran que no nos mostrarnos como auténticos hijos del «mínimo y dulce Francisco de Asís», según definió Rubén Daría a nuestro Padre... »RESPONDEMOS: San Francisco quería a los suyos 404

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