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sentido de lo que Dios le pedía. Comprendía ya que to– das las ilusiones, aun las ilusiones más puras del apóstol, tienen por fuerza que marchitarse o cambiar, porque «la vida es soplo de hielo, que va marchitando flores,,; pero que en el alma del «verdadero» apóstol se robustece así un mejor afán de trabajo. El lugar que dejan ilusiones y sueños lo va ocupando la abnegada conciencia del de– ber. Ya no se espera cambiar el mundo y las almas en cua– tro días; pero se trabajando porque .Dios lo quiere..., y también porque se sabe que todo no puede resultar per– dido. Aunque el Amo divino niegue el consuelo de compro– bar esto último personalmente, queda firme su palabra: «No puede ser baldío vuestro trabajo... » Quizá haya que renunciar melancólicamente a las fantaseadas jornadas apoteósicas en que íbamos a ver a las muchedumbres can– tando enardecidas el «Christus vincit», y renunciar tam– bién a la creencia de que obtener conquistas fulgurantes sólo es cuestión de «saber hacer las cosas» (la propia per– sonita duda rara vez de su aptitud para el acierto); pero llega entonces el sobrenatural espíritu de fe a dar seguri– dades de que la semilla arrojada oscuramente día tras día en los surcos de las conciencias, podrá alcanzar, con la bendición de Dios, y cuando llegue SU hora (que no es la nuestra), el despliegue magnífico de las mieses. El, Padre Fidel de Peñacorada, seguiría adelante. Ya sabía que cuanto estaba haciendo se apoyaba un poco, o un mucho, en el aire: sin local, sin dinero, sin cla– ra aprobación de los superiores, que se mantenían a la expectativa con cierta desconfiada reserva, sin ninguna seguridad en cuanto a su propia permanencia en León... Todo aquello que él se había puesto a edificar con tantos afanes podría derrumbarse facilísimamente cualquier día. Mas no importaba: «Labor vester non est inanis in Do– mino». Sabía también que elementos influyentes de fuera miraban con desagrado creciente a «Avanzadilla» y sus campañas. Y no era de extrañar, pues tales elementos, que no eran «malas personas», se hallaban muy a gusto en una religiosidad cómoda y formulista: ¿a qué venía «Avan- 400
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