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a Ti, Creador de las cosas, rogando que tu inmensa bondad nos guarde en firme custodia... » El P. Fidel se dejó caer sobre un viejo reclinatorio de madera, puso los codos en el antepecho del mismo y hun– dió la cabeza entre sus manos..., como si todo él estuviera diciendo: «¡Aquí estoy, Señor!» Se sentía incapaz de orar, incapaz de hacer cosa alguna... «¡Aquí estoy, Señor! He fantaseado con exceso. Ahora me doy cuenta de que todo es inútil, que no hay nada que hacer. ¿Es acaso nuestro destino el afanarnos con enorme ilusión para encontrar– nos luego con unos resultados desoladorarnente mezqui– nos? ¡Soñar... Trabajar... Luchar! ¡Con toda el alma en la tarea! Y luego, ¿qué? A lo sumo, ¡ coleccionar vulgari– dades en torno nuestro ! Muy vulgares quizá, nosotros mis– mos... ¿Tanto, tanto, para tan poca cosa? ¿No valdría más dejarlo todo y retirarse a un desierto para aguardar, lejos de los hombres, con una única esperanza - la de una vida mejor -, el momento de morir... ?» Había terminado el rezo coral. El silencio y la pe– numbra gravitaban suavemente por toda la iglesia. El Pa– dre Fidel maquinalmente, quizá por cambiar un poco de postura, levantó la cabeza y echó hacia atrás sus hom– bros, corno quien trata de respirar mejor... Luego, sus manos, inconscientes, se metieron en el hueco del viejo reclinatorio, donde podría haber a lo sumo algún trapo deshilachado de limpiar polvo. Pero no tropezaron con un trapo; tropezaron con un grueso libro. Lo sacaron a la luz. ¡Bah! Un breviario antiguo, que sólo Dios sabría el tiempo que llevaba abandonado allí. Antes de volverlo a donde estaba, las manos del Pa– dre Fidel lo abrieron, por hacer algo. Una estampa; una estampa recordatorio de Primera Misa. Ponía poco más o menos lo que suelen poner los recordatorios de todas las Primeras Misas... Ya la iban a dejar las manos del Pa– dre Fidel en el sitio donde la habían encontrado, cuando la atención de sus ojos quedó prendida en la cara de la estampa... ¡Qué cosa más extraña y más oportuna ! Apa– recía allí un joven sacerdote celebrando su misa, y en el momento de hacer una genuflexión ante las especies con– sagradas; pero, ¡ qué actitud la suya! Parecía un vivo re- 398

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