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del enebro, y exclamar como él: «¡Basta, Señor! Ya es– toy cansado de todo». A ratos, el mismo P. Fidel se asombraba de aquel su estado de ánimo. Quizá nunca le había pasado nada se– mejante. ¿Por qué abatirse tan exageradamente, si no ha• bía serios motivos para ello? Por otra parte, ¿no enseña– ba, no decía la fe... ? ¡ ! El lenguaje de la fe sonaba tan sólo, y muy débilmente, en la parte más alta de su espíri– tu y quedaba pronto ahogado por la invasión de pesimis– mo que batía desatadamente todas las interioridades de su persona. Una tarde dorada, dulce, serena, de primeros de sep– tiembre, fue su peor tarde. Con paso lento e indeciso, que reflejaba externamente el gran decaimiento interior, ba– jó él a la huerta conventual, a sentir por un breve rato el preotoñal encanto de las cosas. Sin rumbo fijo, llegó en su deambular hasta el ángulo más apartado; allí, bordeando por su lado interior el camino que corre bajo las tapias, se alzaban a reg:ular altura unos cuantos árboles de rama– je tupido y verde oscuro, parientes próximos de los cipre– ses. Y allí se detuvo el P. Fidel... Se volvió a contemplar por unos momentos el severo conjunto de convento e iglesia, sobre los que gravitaba hermosamente la paz de la tarde; el cielo estaba limpio y luminoso, los ruidos, le– janos... Una hilera de pensativas golondrinas posaba sobre los viejos ladrillos de la cornisa que ceñía exteriormente y a buena altura el crucero de la iglesia: debían de estar preparando su partida para las tierras de Africa. Con las manos indolentemente cogidas atrás estaba el P. Fidel contemplándolo todo sin fijar detenidamente su atención en nada. Le resultaba muy grato aquel dejarse sumergir en el espectáculo de la tarde... Luego, como volviendo de un fugaz arrobo, sintió ga– nas de sentarse, y lo hizo sobre el borde de una pequeña madriz, que pasaba por el pie mismo de aquellos árboles hermanos de los cipreses. Para estar más a gusto apoyó sus espaldas y cabeza contra el tronco de uno de ellos, dejó caer sus manos a uno y otro lado sobre la escasa yerba, y cerró los ojos... Su depresión, su cansancio de es– píritu, la indefinible melancolía que le llenaba, parecían estar arrullándole ahora en un «quedarse» pleno, en un «dejarse» sin actividad alguna, ni interior ni exterior... 396

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