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tos», le parecía ahora al P. Fidel, no «disponen» de otra cosa que de un poco de buena voluntad; quizá se entu– siasmen de cuando en cuando, aunque por breve tiempo, con alguna fugaz emoción de virtud o apostolado, con ciertas aspiraciones a lo mejor; mas luego viene el apa– gón, el desinflarse, el caer sin garbo en la rutina de la vulgaridad, para seguir marchando como tantos otros por la ruta sin sorpresas que llaman, mal llamada, «el camino del bien»... (Y aun de este camino, ¡cuántas escapadas a «la senda del mal»!; vence la tentación de variar, de pro– bar nuevos sabores, aunque se sepa que son siempre los mismos y siempre miserables; y terminan ordinariamen– te las «aventuras» con acudir a un confesonario, a ejer– citar la paciencia de los confesores con la horrenda mo– notonía de la miseria). ¿No sería mejor desentenderse de todos y vivir de lleno para uno mismo, recordando únicamente a los de– más en el momento de rogar a Dios por ellos? Ayudarles, si en algo se les puede de veras ayudar..., también, porque Dios lo quiere, pero sólo cuando ellos· lo pidan y vengan a buscarlo; nunca aquel estar siempre pendiente de las almas amadas, proyectando, trabajando, tal vez sufriendo por su mayor bien, en un cotidiano afán de elevarlas y transformarlas. ¡ Para lo que se consigue! Sí; mirando las cosas fríamente, ¡ qué mezquinos apa– recían los frutos conseguidos! Puestos a hacer un balance moral del verano, por ejemplo, ¿no cabía hablar de «lo que el viento se llevó»? ¡ Qué estela de condescendencias grandes y pequeñas con el mundo, el demonio y la carne! ¡ Cuántos buenos propósitos, marchitos! A la mente del P. Fidel acudía la tremenda frase envangélica: «Después de hacer cuanto debéis, confesaos sinceramente: «Siervos inútiles somos». Sí; de verdad que somos siervos bien in– útiles... En el alma del P. Fidel repiqueteaban exactas las palabras evangélicas, pero no sonaban con el espíritu del evangelio. Aquella su alma estaba conturbada y no conseguía reaccionar saludablemente, casi no quería reaccionar; no tenía ganas de nada y miraba con verdadero desagrado el acercarse de la fecha en que debería empezar el nuevo curso. En ciertos momentos sólo le apetecía echarse bajo un árbol cualquiera, corno el fugitivo Elías a la sombra 395

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