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frentasen sin desfallecimiento a la avasalladora prepoten– cia del mal... «Señor, Señor: yo adoro vuestra sabiduría y acato vuestros inescrutables designios; todo lo que ha– céis, bien hecho está. Pero tened piedad de nuestro can– sancio, de nuestra impotencia, de nuestra pequeñez para la inmensa tarea... Dadnos el espíritu de fe capaz de mo– ver las montañas, dadnos el fiarnos verdaderamente de Vos, que es lo único que nos puede salvar... » Pocas veces se había sentido el P. Fidel tan poca cosa frente a la magnitud de la labor apostólica que exigían las necesidades espirituales del mundo. ¿Qué era él para lograr que el mundo fuese menos malo? El sólo podía ac– tuar en un punto muy pequeño del inmenso mundo: la ciudad de León, en España; y dentro de esta ciudad, ¿a cuántas almas podía extender su influencia? Casi sólo a miembros de la Orden Tercera. Y aun entre éstos, que se contaban ciertamente por centenares, ¡ cuántos y cuántas se dejaban influir muy poco, porque siempre había al– guna «causa» para justificar sus faltas o los actos co– munes de la Hermandad. Por lo que se refería a las Secciones Juveniles, objeto clarísimo de sus preferencias apostólicas, ¿qué eran o significaban en cuanto al núme– ro? Bien poca cosa. Las chicas pasaban «oficialmente» del centenar, pero los chicos formaban aún tan reducido gru– po que se podía hablar muy justamente de «cuatro ga– tos"··· ¿Qué suponían todos ellos entre unas 70.000 almas que hacían o deshacían su vida en aquella ilustre ciudad de los Guzmanes? Todos sus muchachos juntos podían perderse como insignificante gota de agua entre la riada de jóvenes que salían del campo de fútbol la tarde de un domingo cualquiera; y todas sus entusiastas mucha– chas desaparecerían como escasos puntos perdidos entre la muchedumbre de chicas que llenaban las aceras de Ordoño II o el veraniego paseo de los Condes .de Sagasta a la hora de salir a dar unas vueltas. Llevaba ya más de año y medio trabajando como po– cos lo harían, y los resultados de verdad, ahora se daba cuenta, no eran demasiado lucidos. Ya se sabía que el mundo es malo y que no tiene enmienda, y que los hom– bres que forman el mundo son en su mayoría inútiles, tontos o perversos; pero ¿qué decir de ciertos grupos de hombres mejor dispuestos? Los hombres «mejor dispues- 394
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