BCCCAP00000000000000000000393

Indudablemente, así eran las cosas; a,;í tenían que ser. Ni las mieses ni las virtudes pueden dar todo su cre– cimiento en una semana; ni los frutos ni las almas madu– ran a golpe de ¡No desanimarse y saber esperar! Lúcidamente veía esto la mente del P. Fidel; mas, a pesar de todo, su alma se doblegaba al desaliento... En su impaciencia juvenil se le hacía casi imposible tener que resignarse a una lar– ga espera. Hasta entonces habían ido las cosas bastante bien, y quizá por esto, inconscientemente, había caído en la peligrosa ilusión de poderlos tener «en seguida» per– fectos a todos, realizando a marchas forzadas, en semanas o meses, lo que tal vez era prolija tarea de años. Ahora se daba cuenta de que bastantes de los «suyos» estaban defraudando sus ilusiones : ¡no eran, ni mucho menos, como él los había «soñado»! Y por una de esas tan bruscas como desconcertantes reacciones que se producen inesperadamente hasta en los espíritus de mejor temple, el P. Fidel vino a caer, del generoso optimismo que le ha– bía mantenido en exaltada tarea durante meses y años, en el más deprimente desaliento. Rápidamente, por el cie– lo de su alma se fue adentrando un frente de oscuros nu– barrones: pensamientos muy negros sobre la inutilidad de todo esfuerzo apostólico... ¿Valía la pena afanarse tan– to? ¡Si lo que se conseguía era cosa ridícula l Pequeños resultados, más bien externos, y que desaparecían con su– ma facilidad apenas se esfumaba la impresión producida por una hermosa función religiosa, por un buen sermón, por una lectura edificante... ¡Barniz y corteza nada más ! Cuando se buscaba algo de más consistencia, ¡ desilusio– nes! El P. Fidel pensó que por mucho que trabajasen él y otros ilusos como él, el mundo seguiría igual, viviendo pa– ra la materia y el placer. Malo había sido el mundo antes, según decían las historias; malo era el mundo con el que se había encontrado, y malo seguiría siempre. El mundo no tenía remedio... El único que podía cambiarlo, y de golpe, si quisiera, era Dios. Pero Dios no parecía preocu– parse excesivamente de la marcha del mundo. Dejaba a los hombres hacer lo que les diese la gana, que se enre– dasen cada vez más en errores y perversiones; y luego quería que un puñado de hombres, casi desvalidos, se en- 393

RkJQdWJsaXNoZXIy NDA3MTIz