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gen del Camino. Con la bendición de tan buena y dolorosa Madre, desde su trono sobre las tierras y las almas de León, bien se podría reemprender animosamente la mar– cha... En todo esto pensaba el P. Fidel hacia fines de agosto. Pero... Sucedió por aquellos días finales de la holganza vera– niega, que a sus oídos fueron llegando varias noticias desa– gradables. Según tales noticias, había claudicaciones entre sus muchachos... ; no todas las conductas de «ellas» y de «ellos» estaban a tono con el brioso espíritu de «Avanza– dilla». Por causa de algunos y de algunas, en bastantes corrillos y tertulias se repetía, con no poca satisfacción de ciertas gentes, aquello de «una cosa es predicar y otra dar trigo»... Decían los maliciosos: «Hablar, hablan bien alto y fuerte en su periódico; cualquiera los juzgaría a todos ellos poco menos que héroes, y desde luego muy por encima de las comunes miserias... pero luego, ¡ nada, como los demás! ¿No conoces a fulanita? Pues con toda su «pose» de joven terciaria franciscana no se ha perdido una verbena en todo el verano, y por cierto que bailaba como una peonza»... « Yo he visto por ahí a menganito en ciertas compafüas, que ¡ vaya, vaya!. .. ». «Pues, ¿y la X.? No tenían que envidiarla nada las seguidoras de la moda más atrevida... » Al Padre Fidel le escocía el alma con todas estas noti– cias. Era cierto que la gente exageraba, pero había también no poco de verdad en aquellas murmuraciones. Los innu– merables buenos ejemplos de los «fieles» parecían eclip– sados por los ruidosos descuidos de una exigua minoría. ¡Menos mal que de sus más leales colaboradores y colabo– radoras nadie pudo decir nada ! Las malas noticias que le fueron llegando en los co– mienzos de septiembre, cuando él reanudaba contactos con unos y con otras en orden a poner todo en marcha otra vez, le deprimieron al P. Fidel de manera verdadera– mente insospechada. No debía sorprenderle mucho el que, a causa del ambiente en aquellas semanas de vagancia ve– raniega, la piedad habitual de bastantes jóvenes hubiese bajado algunos puntos; ni en verdad tenía tampoco por qué sorprenderse demasiado ante descuidos o claudica– ciones bastante más serias, pues la inconstancia y la de- 391
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