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de Dios, tú has nacido en España como yo que lo que vas a hacer es para La Carmen que firmaba la carta ponía a continuación una serie de atinadas consideraciones sobre lo que signifi– caba aquel cambio de vida, y advertía luego amistosamente: «Esperarás, naturalmente, la felicidad. Quizá también el descanso. Pues bien: yo te digo que a partir de tu boda empezará para ti la dificultad y la lucha: una vida, como dicen ahora, «de servicio y sacrificio». No es fácil cumplir ejemplarmente como esposa y como madre; pero ésa es tu obligación. La hora «H» de que tanto se habla en ambientes de guerra ha llegado también para ti: tendrás que reñir animosamente cada día las batallas del Señor. »Querida N.: haz que tu espíritu vibre siempre juvenil– mente, franciscanamente, ante las cosas buenas y bellas de la vida. Haz poesía hasta de las mismas cosas duras. »Cuando leas estas líneas estarás ya convertida en la importante «señora de X... ». Pues bien: yo le pido al Se– ñor que te conforte y aliente para que siempre sepas es– tar a la altura de las circunstancias. Tú eres buena y lo mereces todo ; pero no habrán de faltarte días malos : pa– ra ellos principalmente te deseo con toda mi alma la ayu– da que sólo Dios puede dar». En el mes de agosto salió un solo número de «Avanza– dilla»; quienes lo hacían, contaban también con algún de– recho al descanso. En la primera página de ese número aparecían cier– tas «confesiones de uno que se quiere convertir»: «San Agustín, al hacerse católico, escribió un libro que todos conocen con el nombre de «Las Confesiones». Yo no soy convertido de esa especie. Cristiano desde mi naci– miento, como tal viví hasta que en una hora desgraciada dejé de serlo prácticamente. Y ahora, al volver al camino del cual no debiera haber salido nunca, quiero «confesar» también algo de mi vida. »Algunos la creerían muy ¡ Nada de eso! El contento me huía; y yo, en los ratos más lóbregos, gus– taba placeres refinados por ver de alegrarme; pero en va– no. La ansiada alegría se alejaba más y más. Sólo una sensación brutal embrujaba mi cuerpo en aquellas horas crapulosas. 388

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