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que tenemos imperfecto y defectuoso, heredado del v1eJo Adán) con todos sus actos, y aparte tu corazón de las pom– pas mundanas, a las que renunciaste en el bautismo». Cae sobre mi pecho y espalda el santo escapulario franciscano, a la vez que escucho: «Revístate el Señor del hombre nue– vo, que fue creado según Dios en santidad y justicia verda– deras». Al ceñirme con el cordón, me dicen: «El Sefior te ciña con cíngulo de pureza y extinga en ti el humor de la concupiscencia carnal, para que esté siempre contigo la virtud de la continencia o castidad». Aún fue más hermoso lo que me dijeron al entregarme una vela encendida: «Recibe, hermana catísima, la luz de Cristo como signo de tu inmortalidad, a fin de que, muerta al mundo, vivas para Dios, huyendo las obras de las tinieblas. Levántate de entre los muertos y Cristo te iluminará». »Como una autómata regreso a mi reclinatorio. Acabo observando que estoy hondamente emocionada: es que no dejan de resonar en el alma las palabras inolvidables «LE– VANTATE DE ENTRE LOS MUERTOS Y CRISTO TE ILUMINARA ... » Intenté mirar de nuevo la luz que se nos ha dado como símbolo de la nueva vida, del nuevo y escla– recido camino; pero sólo acerté a ver lo del poeta: «aquel brillo tan borroso que tenían los faroles y las llamas al mirarlos por en medio de mis lágrimas». »Cerré luego los ojos y apreté contra mi pecho el dimi– nuto crucifijo del rosario». En otra dirección, resultaban también altamente edi– ficantes y constructivos los esfuerzos de «Avanzadilla» pa– ra hacer que los jóvenes se acostumbrasen a mirar el ma– trimonio con la más auténtica seriedad cristiana. Un bo– tón de muestra: HA LLEGADO LA HORA «H» A N., en el día de su boda Si tú, querida N., en vez de ser una novia española y madrileña, fueses una de esas «girls» norteamericanas que estamos acostumbrados a conocer, yo tendría que haber escrito mi dedicatoria de otra manera: A N., en el día · de su «primera» boda. 387
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