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otros se vayan poniendo demasiado mal. La salvación ha de empezar por alguna parte, y podemos hacernos indig– nos de que empiece precisamente por España. »Por las almas derramó su sangre un Hombre-Dios, por España entregaron sus vidas millares de hombres bue– nos. ¿Vamos ahora a permitir que una tropa de idiotas y sinvergüenzas acabe frívolamente con lo que tantos sacri– ficios ha costado? »Le vienen a uno ganas de pedir que nuestras. calles sean barridas de indecentes con fuego de ametralladora... Pero no, sería mejor cumplir a rajatabla las palabras evangélicas: atar al cuello de todas las escandalosas y es– candalosos una rueda de molino, y un día señalado, en acto supremo de justicia e higienización pública, arrojar– los a todos de cabeza al fondo del mar». Otro fuerte y muy oportuno editorial fue «La aldea perdida». Tomando el título de una célebre obra de Pa– lacio Valdés, exponía con trazos vigorosos la creciente di– solución de costumbres que se iba operando en los pue– blos, hasta en los más apartados. Era una «carta abierta a cualquier católico con sen– tido común»: «Querido amigo: muchas veces habrás es– cuchado, como apostilla final a pesimistas reflexiones so– bre la disolución que se va operando en nuestras costum– bres, esta frase alentadora: «La esperanza está en los pue– blos». ¿Conque la salvación va a venir de los pueblos, de las aldeas... ? Pues entonces podemos esperar sentados a que nos llegue la salvación. »Los pueblos se están poniendo peor que las ciuda– des, porque han tenido el triste acierto de recoger, para imitarlo, sólo lo peor que en las ciudades ven... »No podemos esperar de los pueblos la salvación; antes bien, hay que llevársela, porque nuestros pueblos, las mejores cosas que había en nuestros pueblos, están en trance de muerte. Tenemos que llorar sobre «la aldea per– dida» y sobre «el fin de una raza»... Y poner remedio. Co– mo de las ciudades partió la perdición para los pueblos, así también debe ir la salvación. Preparaos, falanges apos– tólicas juveniles, para marchar a la reconquista del campo». Este editorial trajo al P. Fidel varias felicitaciones entusiastas de sacerdotes de pueblos; uno de ellos pagó de su bolsillo cinco nuevas suscripciones a «Avanzadilla», 384
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