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y renunciando a una posible felicidad? Y si aceptase al ve– terinario y se casara, ¿qué? Ella podía casarse como cual– quiera. Después de todo, el matrimonio no era ninguna cosa mala; y también en él podía servirse a Dios... La oración era su refugio y su remedio para los ins– tantes de peor incertidumbre. Después, ya veía las cosas más claras y le era más fácil seguir su camino de fecunda abnegación : «¡Dios mío y mi todo ! ¡Sólo Dios basta!» IV «Avanzadilla» continuaba briosamente sus campañas. Hubo editoriales muy comentados. Por ejemplo, uno titu– lado «La Patria en peligro»: «No somos pesimistas. Al contrario, abrigamos la es– peranza preciosa de que Dios salvará a España, y que Es– paña, regenerada, llegará a cumplir su luminosa misión. Pero... »A veces se nos clava en el alma una trágica inquietud. Los pueblos, como los individuos, pueden también ser in– fieles, desoir la voz de Dios, hacerse indignos de la gran– deza e incapaces de cumplir la misión que la Divina Pro– videncia les confía. Y con frecuencia, al ver «in crescendo» la ola de inmoralidad y desvergüenza que nos invade, temblamos por España. »Hay en la Sagrada Escritura una sentencia que jus– tifica plenamente nuestra inquietud: «El pecado es la de– cadencia de los pueblos". Así, con terrible laconismo, lo dice el libro de los Proverbios en el capítulo XIV, ver. 34. ¿Pensáis, españoles, en lo que puede venir sobre nuestra Patria si dejamos que el mal continúe su avance?» El editorial terminaba así sus certeros apuntes y con– sideraciones: «Despertad, hispanos: ¡LA PATRIA ESTA EN PELI– GRO! Dios puede salvarla, a pesar de nuestras torpezas; pero, como ha dicho muy oportunamente Gaspar G. de la Serna, «Dios no prodiga los milagros». »No os consoléis pensando que en otros países están las cosas muchísimo peor. Esto no quita que entre nos- 383

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