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todo a mi gusto; además, para el día de mañana lo que casi más importa es que haya medios de vida, que nos defendamos económicamente bien, pues lo demás se arre– gla todo con un poco de buena voluntad... »Lo que más me irrita es que me digan, tanto los de casa como los de fuera, que una mujer no puede «exigir» en un hombre tanto como yo pretendo hacerlo. Esto no lo puedo aguantar. Mire, Padre : él es una verdadera cala– midad moralmente, según informes que tengo, y ahora, cansado de todo, viene a mí..., y encima se cree que yo no puedo echarle en cara nada, ni exigirle nada, «porque es hombre, y los hombres... ,, ¡Al diablo con esas preten– siones masculinas ! La ley de Dios se ha hecho lo mismo para ellos que para nosotras. Por otra parte, ¿acaso yo no puedo aspirar a algo más que a un desecho? Yo tengo pleno derecho a «elegir», y nadie puede obligarme a «acep– tar». ¿Que las cosas se ponen mal? Pues me quedaré sol– tera muy tranquilamente; gracias a Dios, esto me aterra bastante menos que a quienes vienen dándome consejos. »Su consejo, Padre, es el que de verdad me interesa; envíemelo pronto, para que yo pueda quedarme del todo tranquila. Cuántas complicaciones trae la vida, ¿verdad? Acuérdese ahora más que nunca de mí ante el Señor». Josefina estaba a ratos más preocupada de lo que pa– recía... Era muy mujer, y, naturalmente, no dejaba de ha– lagarla ver a un hombre tan rendido a su amor, aunque fuese con la brutal n1deza de aquel pretendiente veterina– rio. Tenía también su corazón, y su corazón sentía a ve– ces fiebre de cariño; estaba muy lejos la pobre chica de ser la «estatua de piedra» que le decía su despechado ga– lán. Es cierto que se daban horas, quizá días enteros, en que ella veía lúcidamente que su camino no era el del matrimonio, por su delicada salud, por su manera de ser (sería para ella la muerte caer con un marido indelicado y sin ternura), por las misteriosas llamadas que en oca– siones excitaban su alma hacia una total entrega al Amor de los amores, por su entender que sólo Dios podría col– mar los infinitos anhelos de su espíritu... Pero no siem– pre veía las cosas así. Venían días en que experimentaba como una revolución interior, unas ganas locas de probar sin pérdida de tiempo la felicidad que promete el mundo aquí abajo. ¿Por qué ella había de seguir por la vida sola 382

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