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Dos semanas aproximadamente habían pasado, cuando el Padre Fidel recibió una segunda carta: «Padre: ¿no le decía yo? Mis temores se han cumpli– do. Con la violenta escena de que le di cuenta en mi ante– rior no terminó la tragedia (si es que se puede llamar así. .. ) Mi veterinario se fue para Pontevedra a hacer unas prác– ticas y desde allí me escribe anunciándome que el último domingo de este mes le tendré aquí de nuevo: que viene a saber lo que por fin he pensado, y que lo medite bien... .;abiendo lo mucho que él me quiere y que no está dis– puesto a seguir más en la espera o en la incertidumbre. »¿Qué le parece? Seguramente que los de la O. N. U. no tienen problemas tan difíciles. Y lo que más siento de todo es que están pendientes del asunto en mi casa y en la calle... No sé cómo la gente ha podido enterarse de lo que pasa; pero el hecho es que todos son comentarios... Entre los hombres de la taberna y en los corrillos de mu– jeres se ha hablado de «mi asunto». ¿Qué les importará a ellos? La mayoría, sobre todo entre las mujeres, se po– nen de parte de él, diciendo que soy una tonta o una so– berbia al rechazarle, que ¿qué espero entonces?, ¿acaso algún príncipe?, que hoy ya es buen partido un veterina– rio, etcétera, etcétera... Parece que algunos han empeza– do a llamarme burlonamente «La princesa sin reino». Ni soy princesa, ni sueño con ningún reino; pero haré lo que me dé la gana, no lo que ellos quieran. »A veces me desespera el que se preocupen en esa for– ma de mí. Señor: ¿no tendrán otra cosa en qué pensar? ¿Por qué no han de dejarme tranquila? Por eso, cada día me vuelvo más huraña y antipática con la gente; procuro rehuir su encuentro cuanto me es posible, y sólo me hallo a gusto por el campo o en la iglesia. Comprendo que de– bería ser más amable y más sufrida; pero es que a veces, aunque lo procuro, no puedo... Estoy deseando marcharme de aquí. »Lo peor es que en casa miran con buenos ojos al ve– terinario, y les haría ilusión que yo lo aceptase. No quie– ren forzarme mucho, pero se les ve hacia dónde se incli– nan sus preferencias... Mamá es en esto, como en todo, la más delicada. Papá dice que hay que dejarse de fanta– sías y no hacer demasiados remilgos, porque fácilmente no podré encontrar jamás algún hombre que resulte del 381
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