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»Excuso decirle el apuro que me pasé, y cómo se co– rrió la noticia por todo el pueblo: «¿No sabes? Josefina, la piadosita hija de doña Beatriz, que parecía no ser de este mundo, nos sale ahora con que tiene novio, y un novio sin mucha pinta de santo. ¡Vaya con la señorita! ¡Qué callado se tenía el secretito !... » Lo que me ocurrió con él me parece imposible contárselo por menudo. Só– lo le diré que me dejó helada, y que yo misma no me conocía. »Rechacé en absoluto ser su novia, poniéndole todas las razones o pretextos que pude, llegando al extremo de decirle que era muy posible que estuviese tuberculosa... ¡ Creo que más no podía! Pues ¡ todo fue inútil ! Su reac– ción fue de lo más inesperado. Me dijo sin contemplacio– nes que todas mis razones eran disculpas hipócritas... ; que la verdad de todo se la sabía él muy bien; que yo era una indeseable y que él se había equivocado lamenta– blemente conmigo: después de estar más de dos años pen– diente de mí le salía yo ahora con que estaba enferma... ¡Como si a él le importara algo eso! Que dijese claramen– te que era una grandísima soberbia lo que tenía, no una enfermedad... »No crea, Padre, que estoy exagerando. Baste decirle que me dio mucho miedo, y que mientras él me insulta– ba a placer, yo no hacía más que rogar interiormente a la Santísima Virgen y al Sagrado Corazón repitiendo la jaculatoria milagrosa. »Todo pasó ya; pero no crea que estoy muy tranqui– la. Le conozco lo suficiente para saber que él no va a dejar la cosa así como así... No puede imaginarse lo terco y dominante que es. Además, debe de estar acostum– brado a que ninguna chica se le resista. Me dijo al despe– dirme: «No estás tratando con ningún chiquillo; a mis años tengo ya mucha experiencia de la vida y no dejo que se me imponga nadie. Estás muy equivocada si piensas que vas a poder reírte de mí». Yo creo que él, dejándose llevar de las apariencias, me tiene por más débil de lo que soy. Pues yo podría decirle por mi parte: Si tú te ima– ginas que vas a doblegarme por las malas, tú sí que es– tás equivocado, pero ¡ que muy equivocado! »Padre, no olvide a su pobre Josefina; ruegue mucho por mí». 380

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