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se y no necesitaria ir a la iglesia a pasar el rato... » No todas comentaban tan estúpidamente el proceder de la jo– ven; las más buenas e inteligentes la admiraban, la que– rían : « ¡Qué tesoro de chica! Tan educadi ta, tan fina, tan piadosa, tan buena para los pobres... ¿No te has fijado qué ojos más bonitos tiene? Y siempre están un poco tris– tes. ¿Qué le pasará?» Para la pobre Josefina era de verdadero fastidio el que la gente se preocupara tanto de lo que hacía o deja– ba de hacer. Ella no se metía con nadie; pues ¡ que la de– jaran en paz! No sabía que la aguardaban otras compli– caciones peores. Cierto día de primeros de agosto el P. Fidel recibió carta suya. «Querido Padre: Paz y bien. »Dejo a un lado el decirle que me acuerdo mucho de usted, de nuestra Juventud, etc., etc., para ir en seguida al objeto de esta carta. »¡ Qué cosas pasan en la vida, Padre! Estoy metida en un lío de miedo. Verá por qué: »Hace dos años o algo más, un joven estudiante de la Veterinaria, después de decirme mil tonterías de esas que usted cree nos hacen tan felices a las chicas, se me decla– ró «a quemarropa», asegurándome que estaba enamoradísi– mo de mí (por favor, no se ria, Padre), y que a toda costa quería ser mi novio. Puede suponerse cómo me quedaría yo, con lo pasmada que soy... Cuando pude hablar, le di– je rotundamente que NO. Que yo era aún muy joven y que, además, no me parecía nada aconsejable hacerme novia de un estudiante, pues si me atendía a mí tendría que desatender a los libros, y esto tampoco lo queria yo, por no perjudicarle en su carrera... En fin, que entre bromas y risas, le dije bastante crudamente que se fuera a estudiar; luego, ya veriamos... »Yo casi no había vuelto a pensar en ello, aunque él de cuando en cuando intentaba dar señales de vida. Por eso, ¡cuál no sería mi asombro cuando el otro día reci– bo una carta suya, diciéndome que, enterado de mi resi– dencia, iba a presentarse aquí para que yo le cumpliese una promesa que tenía pendiente con él ! No me dio tiempo ni para contestar; al día siguiente de la carta, se presentó él. 379

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