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«Nuestras vidas son los ríos que van a dar en la mar, que es el morir... Allí los ríos caudales, allí los otros medianos y más chicos... Este mundo es el camino para el otro, que es morada sin pesar... Partirnos cuando nacemos, andamos mientras vivimos, y llegamos al tiempo que fenecemos ... » No siempre Josefina tenía meditaciones tan serias por la soledad de los campos; pero bastantes veces, sí. A veces creía sentir oscuramente como una misteriosa lla– mada, desprendiéndola de las fugaces cosas de aquí abajo, invitándola hacia el reino de lo eterno, donde nada se mar– chita, nada desilusiona, nada se desvanece. ¿Tal vez su vivir en la tierra sería como el vuelo de una golondrina : un pasar y repasar cien veces sobre las cosas, sin encon– trar dónde posarse? Momentos había en que la idea de que seguramente ella no iba a durar mucho se le pegaba obstinadamente al pensamiento... Unos días no le asus– taba gran cosa tal idea, podía resultarle incluso hasta con– soladora; pero otros días... : «Dios mío, es horrible tener que morir tan joven. ¿Por qué a mí? ¿Por qué... ? ¿Por qué... ?» En su vida veraniega de pueblo lo que menos gracia le hacía era lo referente a la práctica religiosa: le costa– ba no poco confesarse con el señor Cura; a veces te– nía que quedarse sin comulgar porque él estaba de viaje, otras se encontraba con que la misa era de funeral cuan– do ella tenía menos ganas que nunca de pensar en los muertos y en la muerte; si durante el día quería ir un rato a la iglesia, había de ir en busca de las llaves, y las vecinas se daban cuenta, y comentaban después por el pueblo si iba o no iba, y qué haría tanto tiempo allí: «Si tuviese que trabajar, no tendría tiempo para aburrir- 378

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