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Ya serían las siete de la tarde cuando el P. Fidel y sus «huestes» salieron otra vez al campo. Guiados por Ro– drigo se dirigieron ahora a una risueña pradera en la hondonada al sur del pueblo, junto a la fuente «Ma– narranas», de aguas fresquísimas. Se estaba deliciosamen– te allí... Merendaron los excursionistas en animados gru– pos, y luego, unos a jugar al corro, y otros a cantar aires populares, sentados sobre la blanda hierba. Se terminó formando un hermoso coro de voces femeninas y mascu– linas que daba gloria oir en aquel escenario incompara– ble, bajo la caricia de un serenísimo atardecer... «La Montaña de León - tiene una inmensa laguna, donde se lavan las guapas, - porque feas no hay ninguna. Resalada, dímelo; dímelo resaladina: ¿dónde dejaste tu amor? - Se fue a Cuba, y ... no volvió». «No la llames, no la llames; no la llames, que no viene: que se ha quedado dormida debajo de los laureles. Que no la llames, que ya no viene». «A la orilla del arroyo - que de esa montaña baja, había una palomita - que aclaraba más el agua al subir batiendo sus alitas blancas». «¿Quién te ha cortado el ramo de la alameda? - Me lo ha cortado el moza de la ribera... ¡No llores, niña, no!» Ya el sol se ocultaba por entre los picos del Poniente cuando los excursionistas empezaron a moverse, despidién– dose de la apacible .,...,..,,,,,,,r,, Indolentemente, con paso len– to, al ritmo sentimental de su canto, fueron dejando atrás a Rodiezmo, camino de Villamanín... No había prisa: el tren no llegaría hasta bien entrada la noche. Por ia estación y sus alrededores, ya a la luz de las bombillas eléctricas, hubo tiempo de dar muchas vueltas, de aburrirse, de volver a cantar casi todo el repertorio... del pueblo asomaban a las ventanas, y algunos 374

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