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ciarias fue cantando preciosos motetes; entre ellos, uno particularmente grato al Padre: «¡Oh Belleza siempre nueva: - tarde te conocí! Y muy tarde, Jesús mío, - puse al 'fin mi amor en Ti»... Se respiraba una atmósfera de sentida piedad... A la hora de la comunión, los naturales del pueblo y los nu– merosos veraneantes miraban y admiraban a los excursio– nistas, que ataviados con sus escapularios y cordones fran– ciscanos, se acercaban ininterrumpidamente al comulga– torio con edificante compostura. «¡Aquéllos eran los mis– mos que habían pasado antes con tan ruidosa alegría por las calles del pueblo!... ¡ Qué cosa más rara el que fueran así: tan de verdad jóvenes y tan sinceramente piadosos... !» Acabado todo lo de la iglesia, se desbordó en la calle la algazara propia de los grupos juveniles en excursión. Y en seguida, al campo; a desayunar, y correr, y cantar. Rientes praderas y un buen pinar se ofrecían como exce– lente campo de operaciones para ir pasando las horas... Ya hada media mañana, un grupo de audaces - chi– cos y chicas - a cuyo frente iba el P. Fidel, se lanzaron a la conquista de unas peñas que parecían bastante pró– ximas (antes de la sierra principal, que corría al Norte), pero que no lo estaban tanto... Llegaron, al fin, sudorosos y rendidos, pues los caminos eran bien escabrosos; y allí se dieron por comodamente retribuidos de sus fatigas: el panorama, de grandeza incomparable; el aire, de fres– cura y finura deliciosas; la sombra de las peñas, gratísi– ma; y aquella paz y aquel silencio... ¡Cómo sonaban allí los levísimos nlidos lejanos, y los más próximos grazni– dos de grandes pájaros oscuros que evolucionaban de cuando en cuando a gran altura sobre sus cabezas! ¡ Cuán digno de gloria te muestras, Señor, en la magnífica sole– dad de tus mudas y misteriosas creaturas ! A primera hora de la tarde se reunieron los diversos grupitos de excursionistas, y se fueron poco a poco para el pueblo. Había que rezar primero el rosario, y luego, como decía bromeando el P. Fidel, «dar un mítin». Briosos volteos de campanas alborotaron nuevamente a los vecinos, sofocando el estrépito inenarrable que sa– lía de cierto local, donde una docena de asturianos que 372

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