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nes iban a ser los primeros en subir a la torre de la iglesia para echar a voleo las campanas. Rodiezmo estaba ya ante ellos, con muchas de sus chimeneas dando humo al aire de tan espléndido día. La media hora escasa de, paseo desde la estación había sen– tado estupendamente a todos los excursionistas: entraron por las tranquilas calles del pueblo con la más eufórica algazara. Inmediatamente salió a recibirles Rodrigo Al– varez, joven y simpático maestro, que tenía allí su casa natal, aunque vivía en León. Unos momentos de saludos cordiales, y ¡ a la iglesia! Mientras Rodrigo iba en busca de las llaves, los ex– cursionistas cantaron con fervoroso brío el Himno a la Virgen del Camino, ante los muros recién blanqueados del templo. ¡ Qué bien sonaba allí, y a aquella hora, el «Reina León te llama de sus tierras"! Tierras hermosas, e impresionantes por la austera majestad de su grandeza, eran aquellas que rodeaban a Rodiezmo. Desde la iglesia, en todas direcciones, bajo el sol del postrer domingo de julio, podían contemplarse cresterías continuas de picos y peñas, que se empinaban como buscando el purísimo azul de un cielo incomparable. Rodiezmo no estaba en– cajonado. Las altas sierras que lo circundaban se habían separado lo bastante para dejarle un ancho valle, por donde pudiesen correr libres y serenos el aire, la luz y Ja vida. El monótono rumor del caño de una fuente parecía dar el acompañamiento a quienes cantaban ante la igle– sia... No tardó en aparecer el de las llaves; y se hizo en– tonces una visita en común a aquel Jesús Sacramentado que tan amorosamente les esperaba: se rezó la estación, dijo breves y muy acertadas palabras el P. Fidel, y se concluyó con fervoroso cántico eucarístico. Subieron entonces a la torre varios chicos dos por Valcntín Negrete, y echaron las campanas a vue– lo... Su estrépito debía de llegar hasta el seno de las apartadas montañas, sacudiendo a la quieta naturaleza. Mientras, las jóvenes terciarias continuaban en la iglesia, preparándose para la misa y comunión. Con la iglesia bien repleta dio al fin comienzo el san– to sacrificio. Eran las nueve y media de la mañana. Ac– tuaba de celebrante el P. Fidel. El coro de las chicas ter- 371

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