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- ¿Qué tenéis entonces? ¿Habéis dormido rnal? - Dormirnos poco; es un atraso que este tren llegue tan temprano a León. - Verdaderamente. No sé cómo no tienen rnás consi– deración con nosotros, después de haber sido capital de un reino... - Bueno, usted con la guasa de siempre. La verdad es que es un fastidio madrugar tanto - dijo la dormilo– na María de la Gracia -. Pero estarnos rnuy contentas, y no pasa nada, créanos. - Os creo. Aunque no acierto a explicarme cómo vos– otras, precisamente vosotras, estáis así, tan quietecitas. Por fin se atrevieron a decirle que su «actitud» se debía al pensamiento de que iban a comulgar cuando llegasen. Les parecía mejor ir ahora un poco recogidas; ya habría tiempo de reir, cantar y alborotar durante toda la jornada. « ¡ Villamanín a la vista !,, Revolución en los departa– mentos: los excursionistas se ponen a recoger sus cosas. Para el tren, y empieza el alegre descenso. Mas apenas han pisado el andén, sienten una caricia poco agradable: corre un airecito más que fresco por el seno de aquellos valles, en los que aún no han logrado penetrar los rayos del sol mañanero. Alguien lee en la pared de la estación: «Altura sobre el nivel éiel mar: 1.121 metros». Los excur– sionistas tratan de abrigarse lo mejor que pueden con chaquetas y «rebecas»; y nada más que sale el tren, atra– viesan las vías y se ponen a caminar a buen paso, para desentumecerse, en dirección a Rodiezmo, que está allá hacia la izquierda, asentado en una amplia hondonada, donde ya da bien el sol que asoma por entre los altos picos de la derecha. - Oye - dice uno a la muchacha «cantora» -, ¿por qué no cantas ahora eso de «Aire que vienes del alto... »? Este airecillo será muy puro y sano y tal; pero es también ca– paz, no sólo de descomponernos el pelo, sino de arran– carnos el mismo cuero cabelludo. ¡Hay que ver cuán sua– vemente «afeita»! La cosa cambió por completo al entrar en la zona soleada. Daba gusto. Los niños correteaban, persiguién– dose, de un lado a otro de la carretera. Los jóvenes te– nían ganas de saltar; y apostaban entre ellos sobre quié- 370
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