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sale a los campos con la alborada». Aún no se habían extinguido los palmoteos y las en– horabuenas al «cantaor», cuando de un departamento ve– cino, donde casi todas eran chicas, una linda voz de mu– chacha entonó con garbo la primera estrofa de aquel mis– mo cantar popular: «Aire que vienes del alto, no descompongas mi pelo; repara que estoy peinada de manos del bien que quiero». «¡ Que se repita! ¡ Que se repita!» gritaron varios del improvisado corro que se había formado en dos segundos. Y luego, unidas en un coro voces de chicas, de muchachos y de niños, con acompañamiento de palmas, saltó de nue– vo la gracia del estribillo : «La blanca nifía, la resalada, sale a los campos con la alborada». El tren seguía dejando kilómetros atrás, de cara a la montaña. El valle se iba estrechando. La vía se arrimaba al río: las primeras peñas. Poco después, el mundo negro del carbón empezaba a revelar su presencia... La Robla. Más peñas; cumbres más altas y bravías; el río y el tren, encajonados por breves desfiladeros; hileras de cho– pos... La Pola de Gordón. El bullicioso humor de los excursionistas no amino– raba. ¿Cómo no encontrarse del mejor temple en aquella mañana de julio? Sin embargo, al P. Fidel, que recorría de cuando en cuando los departamentos ocupados por su gente, le extrañó bastante ver «muy formalitas» a va– rias chicas de ordinario muy alegres, y hasta alborota– doras. ¿Qué os pasa? ¿Os sentís mareadas? No, Padre, no; nos sentirnos perfectamente bien. 24. - Témporas ... 369

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