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el pueblecillo de Villachopos como una aparición de la bondad, la luz y la pureza de la Madre del cielo. II El día 30 de julio, domingo, funcionaron bien tempra– no los relojes despertadores en una porción de casas leo– nesas. Aún no había casi asomado el día por las lomas de la margen izquierda del Torío, cuando ya resonaba la es– tación de la RENFE con la algazara bulliciosa de grupos que tenían la pinta inconfundible de excursionistas do– mingueros. Eran chicas y chicos terciarios, junto con al– gunos niños y niñas cordígeros. Aguardaban el tren co– rreo de Asturias, para ir a pasar el día en Rodiezmo, pin– toresco pueblecito de la altiva montaña leonesa. Resoplando entró el tren en la estación... Largo y solemne, la abandonó al cabo de los minutos reglamen– tarios..., y pronto empezó a correr ruidosamente por la llana, feraz y bien cultivada vega del Bernesga. Los primeros rayos del sol aureolaron las copas de los más altos chopos; las cosas se desperezaban en la fresca pureza de una mañanita deliciosa... ; los turbios humos de las locomotoras parecían como una profana– ción de aquella atmósfera tan virginal... Cuando un rayo de sol logró asomarse a cierto departamento ocupado por algunos excursionistas, uno de éstos, muchacho ruidoso y «cantaor», lanzó al aire con toda la fuerza de sus pul– mones: «Salga el sol, si ha de salir, y si no, que nunca salga: que para alumbrarme a mí la luz de tus ojos basta». Sonaron alegres palmas por todas partes; y luego, un coro de muchas voces con el estribillo : «La blanca niña, la resalada, 368

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