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- En fin, que no sé qué hacer... Allí, en Villachopos, sufrí ciertamente mucho: las primeras semanas fueron horribles; pero luego también de muchos consuelos. Si viera qué mes de mayo hemos tenido... Y con el mayor entusiasmo fue «Azucena» contándole cosas al P. Fidel... »Además, mis niños discurrían modos graciosísimos de honrar a la Virgen. Sobre el altarcito que habíamos levan– tado en la escuela, y que presidía un vulgarísimo cuadro de la Inmaculada, yo coloqué una hucha para recoger los ,,obsequios» que fueran haciendo a la Virgen cada día. Era delicioso leer los papelitos que caían en la hucha: «Por amor a la he dejado de comerme las uñas, cosa que me cuesta mucho. - Por amor a la Virgen he procurado no reírme de M.oncho (un tonto infeliz, bien conocido por todos aquellos alrededores). - Por amor a la Virgen he dado la mitad de la merienda a otra niña. - ... no he protestado cuando mi madre me mandó por agua. - ... he estado toda la mañana sin hablar en la escuela: creí que iba a reventar. - ... no me he quejado de la comida un día que se le olvidó a mi madre echar sal. - ... ayer, en misa, estu-ve sin rascarme una pulga que me picaba como un demonio. - ... me he puesto a estudiar mi lección de aritmética sin maldecir a quien la inventó»... Y así, otras muchas cosas por el estilo. Los «Obsequios» más frecuentes eran obedecer a lo que les mandaban en casa, estudiar más en la escuela, y rezar algo. »¿Sabe lo que me ocurrió un día? Me dice espontánea– mente un pequeño: «Por usted voy a ser muy bueno des– de ahora». Por mí, no; tiene que ser todo por amor a la Vir- gen. Es que usted se parece a la Virgen. ¡No digas tonterías, chiquillo! - repliqué toda co– lorada -. ¿No ves que la Virgen es única? - Pues una que yo tengo se parece mucho a usted... »¡ Qué cosas se les ocurren a veces a los «peques»! ¿No es verdad, Padre? Sí, era verdad. Pero también era verdad que «Azuce– na», bm~na hija e imitadora de María, había pasado por 367
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