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tantes personas mayores... ¡Ah! ¿Y no sabe que hasta he– mos llevado un predicador para la Semana Santa? Fue la cosa más pintoresca cómo nos ingeniamos para sacar pe– setas a los vecinos; mucho nos costó, pero salimos con la nuestra. »Cuando fui el otro áía a despedirme del Sr. Cura, no sabía el buen señor cómo expresar lo que sentía... Y al fin, salió con regalarme un hermoso rosario, con su estuche precioso que lleva mis iniciales. «Hasta septiembre, seño– rita - me dijo en el último momento -, hasta septiembre; y no se olvide de nosotros en sus oraciones». ¡Pobrecillo ! Me da pena, porque a lo mejor... - A lo mejor ¿qué? - Que a lo mejor no vuelvo. ¿No sabe que me han ofrecido escuela en un pueblo mayor, bien comunicado, y con un señor Cura estupendo? Tendré que pensarlo mu– cho, porque no puedo olvidar aquel lejano pueblecito don– de he quemado mis primeras ilusiones apostólicas, donde tan sola y desamparada me vi durante semanas y sema– nas, donde tan de cerca sentí muchas veces la infinita bondad de Dios... »Lo que más me atrae en el pueblo que ahora me ofre– cen, es que tienen, según dicen, un párroco de los pocos : trabajador incansable, culto, y muy celoso, desinteresado. Sobre esto último he oído muchas ponderaciones; creo que da cuanto le es posible, y por eso, todos le quieren y le ayudan. - No me extraña que le quieran. Los fieles tienen muy abiertos los ojos para las faltas de sus sacerdotes, pe– ro no los cierran para sus virtudes. Y si hay algo en un Cu– ra que más rápidamente le conquiste los corazones de la parroquia es precisamente esto: que le vean desprendido. Sólo a otra cualidad sacerdotal conceden los pueblos tan– ta importancia: la honestidad de costumbres, o dicho con más precisión, la castidad de vida. El párroco que reúna estas dos cosas, hará lo que quiera de sus feligreses. Pero el sacerdote a quien vean «pesetero», es decir, interesado y codicioso, ya puede hacer milagros, que ni le querrán ni creerán en él. Y se explica: muy mal representante tiene que resultar del otro mundo, eterno y mejor, quien de– muestra que le interesa ante todo el contar con la mayor abundancia posible de los «despreciables» bienes de éste. 366

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