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domingos; se presta fácilmente para funciones y novenas: Trata más y mejor a la gente... ; y ¡pásmese! se sienta en el confesonario todas las vísperas de domingos y fies– tas, primeros viernes, etc. Yo creo que esto del confeso– nario es lo que más le ha debido de costar. Antes sólo se limpiaba el polvo y las telarañas del confesonario una vez al año, cuando se hacía el cumplimiento pascual. Era una pena cómo estaba de abandonada aquella pobre gen– te. »Al principio, yo me veía negra para poder confesarme siquiera mensualmente; sé que alguna vez, cuando le pa– saba recado por algún monaguillo para que saliera a con– fesarme, el buen señor se desahogaba diciendo: «¿Ya está ahí de nuevo esa beata? ¡ Qué latosa es!» Pero después de dos o tres chupadas de cigarro, acababa por salir, aun– que rezongando (más por costumbre que por otra cosa): «¡En fin! ¿Qué le vamos a hacer? Hay que tener más pa– ciencia que el Santo Job»... Entonces le parecía demasiado que yo comulgara todos los domingos; ahora ya encuen– tra natural que lo hagan también otras personas... Pero ¡ si usted viera cuántas habladurías y comentarios y rechi– flas hubimos de soportar antes de llegar a esto! »Un punto en el que concentré casi desde un princi– pio mis esfuerzos fue el de meter a los niños por la prác– tica de los primeros viernes. Empecé con algunas niñas que parecían mejor dispuestas; y poco a poco fueron en– trando casi todos los demás. Yo instruía, exhortaba, ani– maba, pero sin hacer demasiada presión, para no coartar la libertad con que deben hacerse estas cosas. »El primer mes que le fui con el «cuento» al Sr. Cu– ra, quedó el hombre viendo visiones..., y empezó a decirme que yo era una ilusa, que si creía encontrarme aún en una capital, que allí no cuajaban tales cosas, que buena era aquella gente... Dios sabe cuántas dificultades me puso. Pe– ro en el fondo creo que la principal era ésta: que a él le costaba ya enormemente salir de la rutina de muchos años, y ponerse a trabajar. A costa de suave terquedad fui ganando la partida. El, entre refunfuño y refunfuño, se dejó llevar; llegó a interesarse más cada mes por el asunto; y terminó estando más contento que nadie, al ver la nueva vida de piedad que hay en la parroquia. Porque empezaron los niños, pero luego se han ido agregando bas- 365
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