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bran, con júbilo cosechan. Tristes andan, y llorando van, quienes deben arrojar la semilla en los surcos; mas apa– recerán muy radiantes y alegres cuando vengan con las gavillas de la recolección». Yo no te olvidé nunca en mis oraciones; y estaba seguro de dos cosas : de que Dios era contigo, y de que tus afanes no podían resultar es– tériles. Acuérdate de lo que tantas veces os he repetido en ese recibidor grande del convento: la siembra que se hace con la mira puesta « de verdad» en Dios, no se malogra nunca (aunque El sí puede ocultarnos su germinación y fruto). Aquello del Evangelio: «Buscad ante todo el reino de Dios y su justicia, que lo demás se os dará por añadi– dura» tiene muchas aplicaciones. - Es cierto, Padre; pero ¡ cuánto hay que luchar! Lle– gan momentos en que apetece terriblemente cruzarse de brazos y mandarlo todo a paseo: «no queréis entenderme, os empeñáis en resistir hostilmente a lo que se hace sólo por vuestro bien, pues ¡ seguid vuestro camino, que yo puedo pasarme muy bien sin vosotros!»... Hay que hacer derroches de fe, y de esperanza, y... de caridad en su más alto sentido, amando por Dios a unos prójimos de los que tal vez estamos ya más que hartos. - Lo comprendo, mujer; todos los que nos dedicamos de alguna manera al apostolado, sabemos bastante de eso. Para que trabajemos más desinteresadamente, más por puro amor hacia El, Dios nos oculta frecuentemente los resultados, con lo que hemos de andar por ese camino tan penoso de trabajar y trabajar sin saber muchas veces de fijo si conseguimos algo o estamos perdiendo el tiempo. La fe nos dice que aun en el caso de que no lográramos fruto alguno en nuestros prójimos, nuestra labor de apos– tolado no será « tiempo perdido» si hemos buscado a Dios, pues agradarle y merecer personalmente ante El es siem– pre para nosotros el mejor de los éxitos; pero estar vivien– do día tras día sólo de pura fe, se nos hace terriblemente difícil: necesitamos «ver» de cuando en cuando. »El Selior suele ir entremezclándonos las dos cosas: el ejercitarnos en la pura fe, que es lo más provechoso, y el conocer que algo vamos haciendo, que es lo más consola– dor. - ¿Sabe que hasta el mismo Sr. Cura fue cambiando mucho? Ya abre más la iglesia por la tarde, y no sólo los 364
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