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curiosos para recoger la nuevas sensaciones... Mas, ¡cosa rara!, apenas había tenido tiempo de pasear mi vista por aquel recinto, cuando ya lo encontraba tan familiar que ni siquiera me pregunté por qué estaba yo allí. Tal vez eso fuera causa de mi falta de emoción... Estaba cerca de y me sentía como indiferente, alejada de El. ,,Y ocurrió que estando rodeada de un numeroso gru– de personas, hermanos todos en una Venerable Orden, observé, les vi tan estrecha, tan fraternalmente unidos, que hizo de mi presencia allí algo fuera de lugar, porque yo no era de ellos, yo estaba «desligada», sola, casi des– amparada. Y al sentirme como huérfana de todo, acudie– ron a mis ojos lágrimas de piedad... El hielo se fundía. Mi espíritu ya despertaba. »En aquel momento, la voz de un Rvdo. Padre se dejó oir, clara, vibrante, llena de luminoso entusiasmo, expli– cando la revolución moralizadora que, bien organizada, de– bían llevar adelante aquellos gigantes del espíritu. Cada «hermano», cada «hermana», era como un brazo poderoso en la formidable lucha... Y yo era allí un pobre ser ais– lado, y ¡tan frágil! »Nos hemos reunido aquí - seguía diciendo el Rvdo. Padre - para hacernos como un foco de fuego, como una gran hoguera, cuyas llamas se propagarán, y en muchos corazones.. ·" »Y como si tales palabras fuesen un conjuro para mí, sentí de pronto prender en lo más profundo de mi ánimo el fuego sagrado de la lucha, y eran sus llamas tan vivas, que sentía casi materiales quemaduras; y era su luz tan brillante, que iluminó mi camino con claridad de aurora. Miré al altar, y una ternura infinita me invadió al notar que Dios estaba «realmente» allí. Más que nunca era mi Soberano; pero un soberano lleno de amor y de dulzura para las almas, para las almas solas, no para los sentidos... »¿Cómo olvidar este recuerdo tan feliz? Espero que la llama que entonces me iluminó, jamás se extinga en mí». Julio iba entrando de lleno, con sus días tan colmados de galbana y de calor, con las noches serenas que seguían a los días: noches de infinitas estrellas en la altura, y una indecible sonoridad por los campos, que se agitaban mis– teriosamente en fecundas sazones. 362
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