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,,¿Cómo tales consideraciones pudieron clavarse tan vi– varaente en mí? No lo sé. Pero sí sé que la tarde de aquel domingo mis amigas me esperaron en vano. Ellas no me vieron. El sí me vio... En la iglesia por cuya puerta ha– bía pasado tantas veces sin detenerme, a los pies de aquel sagrario en el que si alguna vez puse los ojos fue con la mayor indiferencia, me encontraba yo de rod11las hacia la mitad de aquella tarde. Casi enteramente solos, El y yo. El, mirándome sereno, con la misma indulgencia amo– rosa con que hubo de mirar en otro tiempo a la Magdale– na rendida de contrición; yo, humillada la cabeza, porque el peso de tantas culpas me la hacía humillar... ¿Cuánto estuve así? ¿Cuánto lloré? Sólo El lo sabe. Yo sé que cuan– do salí, me iba con la inexplicable convicción de que había hallado por fin el camino del amor que satisface, de la fe. licidad que llena, del gozo que nada puede enturbiar». Venía a continuación la «historia» de la confesión ge– neral que fue preciso hacer, con sus grandes apuros y la íntima paz que les siguió... ; luego, las luchas para empezar una vida nueva, «con la ayuda de Dios, de la Santísima Vir– gen y de un excelente confesor»... ; y terminaba la conmove– dora carta con el más sentido canto de gratitud al «Dios de toda misericordia»... Al doblar de nuevo los papeles para meterlos en el so– bre, el P. Fidel sólo supo decir: «Gracias, Señor, gracias, porque sabéis hacer cosas tan hermosas en las almas». 359
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