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Y había rosas como nunca por los jardines, y una esplén– dida floración de muchachas bonitas por los paseos, y también en muchos corazones juveniles se abrían con fuerza las rosas del amor... Un plácido atardecer en que el P. Fídel descansaba brevemente por los solitarios caminos del jardín conven– tual, se le acercó el Hno. Portero para entregarle una car– ta: - La acaba de traer una joven a la portería. - Bueno; muchas gracias, Hermano. No tenía ganas de leerla en aquellos momentos, y se contentó con mirar el sobre: «Sr. Director de AVANZADI– LLA». ¿Sería una de tantas cartas que venían equivocada– mente a él, tratando sólo de asuntos de administración? Ya lo vería A la sazón se encontraba muy a gusto, gozando de los encantos del lugar y de la hora: había un hermoso silencio y quietud bajo los árboles, entre las flo– res, que iban semicerrando sus corolas de suaves pétalos. Se detuvo, sin saber por qué, ante una rosa. Era es– pléndida, olía deliciosamente; mas parecía estar un poco triste, como si un suave peso de mustia melancolía la hi– ciera doblarse ligeramente sobre su tallo. ¿Qué le pasaba a aquella rosa? ¿Añoraba otros jardines, otros cielos? La contemplación de aquella flor le trajo al P. Fidel el recuerdo de una joven, muy joven, conocida pocas semanas antes. Entre la flor y la joven había tal vez alguna secreta hermandad... La joven también era rosa: Rosa de nombre. Rosa María de los Angeles. Rosa María había brotado v crecido en el seno de una familia tan opulenta como cristiana... ; y había llegado ahora a punto de sazón en el gentil desorrallo de sus gra– cias naturales: acababa de ser presentada en sociedad. La noche que precedió al día de San Juan estaba con animación de fiesta la señorial casa de Rosa María. ¡ ella, precisamente, era la fiesta! Los asistentes, muy escogidos y por eso poco numerosos, eran espléndidamente atendidos en todo momento: y no fue obstáculo para su ale– gre animación el saber que «allí» nadie podía permitirse pa– labras o actitudes reñidas con el más alto decoro cristiano. Nada faltaba para que la fiesta resultase en verdad estu– penda; y, sin embargo, un agudo observador hubiera podi– do sorprender algo extraño en la «reina» de todo aquello; 355
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