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y, sobre todo, la terrible facilidad que tiene para en– fangarse (entonces deja de ser «amor», para convertirse en vulgarísimo y animalizador instinto, que va talando los me– jores brotes del espíritu, degradando al alma, esterilizando para todo lo bueno el corazón). «Con todo, y a pesar de todo - añadió el P. Fidel -, hay que tomar muy en serio a ese amor humano. Frente a él, un cristiano sólo puede adoptar dos actitudes (digo dos, porque la tercera - siempre posible y demasiado frecuen– te -, la de moverse entre basuras de sensualidad como las escarabajos entre el estiércol, no puede admitirse): la ele aplicarse a mantenerlo puro y elevarlo, o la de renun– ciar simplemente a él. »Sobre la primera ya hemos hablado suficientemente; sobre la segunda espero que tendremos ocasión de hablar... Tarea noble y necesarísima es la de aplicarse a purificar y elevar el amor humano; pero hay algo todavía más gran– de: renunciar generosamente a él, por darse de lleno a otro amor muy superior. Ya sé que esto no es para todos, pero bien está que lo sepan muchos... »En fin: en una circunstancia o en otra, sean tales vuestros amores, que se os puedan aplicar las palabras del príncipe Enrique a la algelical aldeanita Elsa (Leyenda Dorada, de Long-fellow-T. Gillin, pág. 67): «¡Oh puro corazón!, tu clulce polvo lirios ha ele brotar; v en sus hojuelas AVE MARIA escrito- ha ele leerse en auríferas letras». »Que cuando llegue la hora solemne en que «el alma extienda las alas para volar lejos del mundo», broten flores de vuestro corazón ya sin latido, y en las flores, el saludo a aquella criatura que, habiendo amado como nadie en el mundo, lo hizo tan pura y santamente, que ya para siem– pre habrá de ser la «Madre del AMOR HERMOSO». V León ardía en fiestas: las alegres fiestas de San Juan. Los días eran los más largos y luminosos de todo el año. 354

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