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luego se traducen ilusiones tan doradas son más bien po– bres... Casi siempre decepciona la «realidad» de tal amor. Y nadie ha cantado tan doloridamente sus «desengaños» co– mo aquellos que se habían entregado con mayores ensue– ños a su adoración o cultivo. Decía Le Cardonell: «Como el pobre viajero de corazón marchito, que buscando la dicha encontró un arenal, por haber adorado la belleza mortal, conozco la tristeza que tiene lo finito». ,,¿y quién no conoce la famosa rima de Bécquer que podía rotularse «Rima del desengaño»? « Volverán las oscuras golondrinas... Pero aquellas que el vuelo refrenaban tu hermosura y mi dicha al contemplar, aquellas que aprendieron nuestros nombres... esas... ¡ NO VOLVERAN !» »Sí; por nmy hermoso y sugestivo que se presente el amor humano, y por muy desmesuradamente· que se le cante, nosotros tenemos que evitar el valorarlo con exceso, pues sus fallos son muchos y sustanciales». Fue luego el P. Fidel enumerando y razonando esos «fallos» del amor: su exclusivismo egoísta (exige siempre el «solus ad solam«); su mísera caducidad (los enamorados hablan fácilmen– te de amor eterno, pero... las «hojas secas y las flores difuntas», que decía Rubén Darío, se dan muy profusamen– te en los jardines del amor. El comediógrafo de nuestro Siglo de Oro Andrés de Claramonte, escribió en una obra suya: «El amor del soldado no es más que un hora: en tocando la caja, «adiós, señora». Hay muchos amores de soldados por el mundo...); su incapacidad para llenar y colmar durante mucho tiempo los mejores corazones... ; 23. - Témporas ... 353
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