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Aunque le sentase a su orgullo como la aplicación de un hierro candente, Francisco Campo hubo de reconocer la tremenda verdad de aquellas líneas despiadadas. Ter– minó reconociendo también que la honda raíz de aquel su no estar nunca satisfecho, de su mostrarse casi siem– pre amargado y duro con los demás, había de buscarlo en la inutilidad y vergüenza de su propia vida. ¿A qué ve– nía su biliosa rebeldía contra casi todo? (Atacaba a la so– ciedad, porque la creía patrocinadora de innumerables in– justicias; al Régimen político, porque encumbraba a mu– chos «mangantes»; al Estado, porque era el culpable de todas las cosas que andaban mal; a los curas y frailes, porque no eran más que unos hipócritas, que hablaban de virtud para sacar cuartos; a los periódicos, porque no sa– bían «cantar las cuarenta» a los de arriba; a los ricos, porque se daban una «vidorra» a costa de las privaciones de los demás; a la RENFE, porque bien podía mejorar los servicios sin necesidad de aumentar las tarifas... ) Su «actitud» cambiaba sensiblemente a medida que iba asimilando las cosas leídas en «Avanzadilla». No era que encontrase de pronto mejores las cosas que le rodea– ban; pero empezó a encontrarse peor a sí mismo... Poco a poco llegó a entender que está en la más sutil de las hipocresías quien se muestra muy exigente con los demás al mismo tiempo que tiene para sí mismo toda clase de indulgencias. ¿Cómo pretende meterse a reformar el que no ha empezado por reformarse? ¿Con qué derecho?... Francisco Campo fue aprendiendo comprensión... Des– de el momento en que trató de ser un poco mejor él mis– mo, ya no le parecieron tan malos los demás. Si en su propia lucha tanto le costaba romper con ciertas cosas quizá bien menudas, ¿cómo extrañarse de que a los de– más no les fuera fácil el cumplir ejemplarmente con to– dos los deberes? Un día estuvo por coger la pluma y escribir a «Avan– zadilla». Le incitaba a ello una llamada del periódico: «A vosotros, los jóvenes que no podéis resignaros a vegetar entre la masa; a vosotros, que no habéis nacido para seguir como borregos al inmenso rebaü.o de los inútiles, de los como– dones y de los cobardes; 350

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