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podía hacer tranquilamente lo que le diera la gana. ¡ El era libre! Muy dueño de sí. ¿Muy dueño de sí? «Avanzadilla» le venía demostran– do que era tan sólo un esclavo, un pobre hombre sumido en la peor de las servidumbres: la del vicio y la comodi– dad... ¿En qué demostraba ser superior? ¿Qué hacía en la vida? Mal que le pesase, tenía que reconocer la tremen– da verdad de aquello que le ponía ante los ojos el número 8 del periódico: REBAÑOS Y MINORIAS Para emborracharse; para frecuentar los bailes y ciertas casas; para flirtear con las chicas; para engañar a incautas o bobas; para alardear de pagana modernidad..., no se necesita valer absolutamente nada. Hasta el muchacho más tonto y más inútil es capaz de tales cosas; quien no sirve para nada, puede servir muy bien para ser un vicioso, y un degenerado, y un mi– serable... En cambio, para hacer frente a la masa; para ir contra la corriente... ; y hablar bien donde otros hablan mal; y obrar mejor cuando los demás anulan la con– ciencia; y ser hombres puros entre hombres bestias; y mantenerse fieles a Dios en medio de un mun– do paganizado; para pensar seriamente en apostolados e ideales; SE NECESITA SER ALMA DE VALER Y DE VALOR Así, quienes van «contra la corriente» son la mi– noría selecta, la aristocracia espiritual del género humano. Los otros - tontos, inútiles, comodones, indecen– tes... - forman el rebaño de la humanidad. Y como los rebaños, hacen bastante ruido al pasar..., pero sólo dejan en pos de sí confusas marcas de pezuñas y sucios regueros de estiércol». 349
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