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El recuadro final de aquel mismo número 7 le hizo más bien sonreir a Francisco Campo : «Día vendrá en que las Hijas de María, en vez de llevar una medalla al cuello, sobre el vestido, lleva– rán tatuada sobre Za carne desnuda una imagen de la Purísima Concepción, y en los brazos al aire, Santa Teresita del Niño Jesús (en el derecho) y Santa Mar– garita María Alacoque (en el izquierdo)... Cuando la sociedad tolera cómo van las parejas por las calles, es que hemos perdido hasta la noción del pudor: las muchachas pegadas a ellos como si estu– vieran temiendo que se les fuesen; ellos agarrados al brazo de las muchachas, como si se las disputa– ran los transeúntes; ellas recostándose en ellos y viceversa, como las parejas de bueyes cuando tiran del carro o están arando los barbechos... Los niños, emborrachando sus ojos con el escán– dalo, acostumbrándose a ver lo indecente como la cosa más natural del mundo. Y la sociedad, ¡indiferente!, como si todo ello fue– se tan obvio como ver pasar los carros de las ba– suras». (Antes de declarar el autor de estas lindas consi– deraciones, queremos ver la reacción iracunda de los aludidos, donosamente comparados a parejas de bueyes o vacas). «Avanzadilla», bien leído, y en muchas cosas releído, iba haciendo su efecto en Francisco Campo. Cada día estaba más descontento de sí mismo. ¿No era acaso vergonzosa su manera de vivir? En casa, sólo sa– bía tratar con dureza a su madre y hermana; fuera, cum– plía bastante bien con su trabajo, pero en el pensar, en el hablar, y en el hacer, casi no tenía otra norma que las apetencias del momento. Bebía, se divertía, pecaba, sim– plemente porque le venían ganas, o porque no sabía có– mo matar el tiempo, o porque lo hacían también los de– más. Lo único que cultivaba a fondo era su propia sober– bia; se creía hombre superior porque al fin había lanza– do por la borda las «preocupaciones» religiosas y morales, que otros aún seguían tomando más o menos en serio. El 348

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