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do la «hun1orada" de ir con esa pregunta a varias de nues– tras actrices famosas... Y he aquí algunas respuestas: De tener que morir, pues me gustaría morirme de risa (María Fernanda Ladrón de Guevara e Irene Caba Al– ba). - ¿Pensar yo en morirme? ¡ Qué bromista! A mí no me gustaría morirme de ninguna manera (Maruja Tamayo). »Dicen que para muestra basta un botón: y aquí ya van tres. ¡ Y qué tres botones, Díos mío! ¿De veras pien– san ese par de artistas que morirse de risa es lo más ape– tecible? Mucho nos tememos que se encuentren «al otro lado» con una realidad demasiado seria. En cuanto a la salida de Maruja... ¡ Pobrecilla ! Dios la mire con miseri– cordia, para que, al presentarse la muerte sin anunciarse ni pedir permiso, ella no esté totalmente desprovista de gracia y resignación». Otra vez se traía a colación la ansiedad que acababa de manifestarse en los medios responsables ingleses ante el problema del bajo índice de nacimientos en aquellas islas... Se había nombrado una comisión real para estu– diar el asunto y sus posibles remedios... «Los de la co– misión, naturalmente, se han puesto en seguida a buscar soluciones, hablando de esto y de lo otro... No sabemos qué medidas se adoptarán para salvar la terrible crisis; pero hasta ahora parece que no han entrado en sus pla– nes esas cosas «viejas» de Moralidad, Religión, Evangelio... Pues bien: mientras el asunto no se ataque por ese lado, seguirá en pie, cada día más acuciante, el problema de «las cunitas vacías». Frecuentemente se trataba de cosas menos importantes en el aspecto social. «Una víctima inaudita. - Se llama Eugenio San Tor– caz. Según parece, don Eugenio San Torcaz conoció en 1924 a Félix Pérez, jugador del Real Madrid en el puesto de interior. El don Eugenio fue a ver jugar a su amigo, y... el fútbol le envenenó. Desde entonces acá, don Eugenio San Torcaz, según propia confesión, ha ocupado su vida en ser «seguidor» del Real Madrid; lleva ya recorridos detrás de su equipo nada menos que 63.000 kilómetros. - Es usted el seguidor perfecto - le ha dicho un pe– riodista. Y él ha replicado con humilde satisfacción: 346

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