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y los de Santa Teresita del Niño Jesús... Se usa se abu– sa de la palabra amor para referirse a todas esas cosas; pero es preciso distinguir, pon:endo calificación quía entre los amores. Los hay reprobables, y todas ginas literarias de los Dumas y todos los poemas de do Nervo no conseguirán justificarlos jamás: los hay su– hlimes, y todas las más bellas expresiones de las lenguas humanas resultarán insuficientes para cantar debidamen– te su excelencia. - Pero entre esos dos extremos de los sublimes y de los reprobables habrá otra clase de amor, sencillamente lícito, necesario, y, según parece, bastante hermoso y ape– tecible. A tal amor ¿no se le puede aplicar también lo del Kempis? - Sí, también de él puede decirse la escueta pondera– ción del Kempis: «Magna res est amor» = gran cosa es el ainor. »Pero, mira: ese tan indefinible y embriagador senti– miento, que se funda en la mutua atracción de ambos se– xos, no tiene derecho a quedarse casi en exclusiva con el bello nombre de «Amor», ni a acaparar monopolísticamen– te, como suele ocurrir, las atenciones de esta criatura tan poco ponderada que es el hombre. ¿No es verdad que se han fabricado o compuesto demasiadas novelas y poesías, demasiadas obras de teatro y piezas de música, demasia– das películas, para hablar, cantar, entretener o suspirar en torno al amor? Ya casi resulta ridículo... »Con todo, hemos de reconocer que tal amor está a la raíz de innumerables cosas en la vida, y que cuando ha conseguido de hecho tal preponderancia en el confuso or– be de lo humano, por razones muy poderosas será. »Debido a esto, nosotros pensamos también dedicarle una muy despierta atención, no sólo en este jueves, sino en todos los que nos quedan del mes de junio. El P. Fidel fue cumpliendo su palabra... Y cada día un numeroso auditorio de chicas interesadas y atentas colmaba el amplio recibidor del convento de San Fran– cisco. 343
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