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El P. Fidel levantó la vista: todas parecían muy aten– tas. Dijo entonces con voz reposada: - No sé qué opinaréis vosotras... A mí me agradan mucho estas líneas de Manzoni; creo muy difícil el que alguien pueda refutar victoriosamente su parecer. »Pues bien: si es innecesario y hasta peligroso el an– dar cultivando con escritos el amor, innecesario siempre, y peligroso con frecuencia, será el ponerse a leer con afán libros de amores. »Por eso yo diría a las dos mocitas de la consulta: Lo que es preciso fomentar ante todo a vuestra edad es el amor divino, «el amor hermoso», «el amor de los amo– res» ... , .que es precisamente el único a que atienden los libros antes recomendados. En cuanto a ese otro amor con que vosotras soñáis, ya brotará por sí solo algún día, y quizá estallará potente, aunque no se le haya cultivado con literatura de ninguna clase. Y si en la hora de su es– tallido no encuentra en el alma el recio contrapeso del primero y más elevado amor, fácilmente irá acumulando ruinas..., convirtiendo el huerto de la vida juvenil en exe– crable campo de basuras. »Que nadie se engañe con el fácil idealismo sentimen– tal de los primeros pasos, cuando todo parece bello, fün– pio y maravilloso... ¿Os gustan los versos? Pues entonces escuchad estos de Rubén Darío: «En la pálida tarde se hundía el sol en su ocaso, con la faz rubicunda en un nimbo de polvo dorado. En las aguas del mar una barca: bogando, bogando, al país de los sueños volaban amada y amado... ¿Qué fue de ellos? - No sé. Yo recuerdo que después del crepúsculo pálido aquel cielo se puso sombrío ...y el mar agitado». »Muy fácilmente se mete uno en la barca del amor, pa– ra «volar al país de los sueños»; al principio no puede ser el viaje más venturoso: un mar casi acariciador, el 341
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