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necesidad ninguna de libros que despierten o exciten al amor, aunque traten de hacerlo en forma decorosa. Si queréis, os contaré una anécdota. La he leído hace poco. »El gran Alejandro Manzoni... Bueno, supongo que este nombre os será más o menos conocido a todas. Ale– jandro Manzoni fue hermano nuestro en San Francisco, como terciario, autor de la célebre novela «Los Novios», y una de las primeras figuras de la literatura italiana. Cuando su magisterio literario estaba ya bien consagrado, recibió cierta curiosa consulta del novelista Antonio Fo– otro escritor italiano, que se tenía por muy cató– Fogazzaro, después de haber compuesto unas cuantas novelas, en que exaltaba apasionadamente el amor, es decir, el amor entre dos criaturas de diferente sexo, fue asaltado por una punzante duda de conciencia: ¿estaba bien que un cristiano católico se dedicara a exaltar de aquella manera el amor profano? En vez de contribuir a la gloria de Dios y bien de los hombres, ¿no estaría quizá favoreciendo al reino de Satanás? »El gran Manzoni expresó sosegadamente su parecer: « El amor, no cabe duda, resulta necesario en este mundo; pero ya hay bastante, y no veo por qué se va a dedicar nadie a cultivarlo. Con quererlo cultivar se consigue tan sólo el que surja allí donde no hace falta ninguna. De muchos otros sentimientos tiene el mundo tanta o mayor necesidad, y hará muy bien el escritor que, según sus fuerzas, se dedique a infundir en las almas tales senti– mientos: el amor al prójimo, la conmiseración con el ne– cesitado, la dulzura, la comprensión, el sacrificio de sí mismo... De tales sentimientos jamás habrá con exceso, y alabanza merecen quienes procuran inspirar un poco más de ellos en las cosas de este mundo. Pero del amor, como os digo, hay ya, haciendo un cálculo moderado, co– mo unas seiscientas veces más del que se necesita para la conservación de nuestra distinguida especie. »Así, pues, considero imprudente el andar fomentán– dolo con escritos; y estoy tan persuadido de ello, que si un buen día, por un milagro, sintiera sobre mí la inspi– ración de las páginas de amor más elocuentes que hom– br0 alguno hubiese concebido jamás, no tomaría la pluma para escribir ni una sola línea; tan seguro estoy de que habría de arrepentirme. 340

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