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bía yo que teníamos jovenzuelas de tan rápida andadura; la cosa es que no siempre llega primero quien antes echa a correr... »Bien; empiezo recordando a la despabilada parejita lo dicho por Calderón de la Barca en su drama «Casa con dos puertas es mala de guardar» (ese. X): «A ciencias de voluntad les hace el estudio agravio, pues amor, para ser sabio, no va a la universidad. Porque es de tal calidad, que tiene sus libros llenos de errores propios y ajenos". »Ciertamente, no es en los libros impresos donde se cursa la ciencia del amor. A amar enseña y obliga la misma naturaleza; en los libros sólo puede aprenderse, o la perversión del amor, si son malos, o su recto ejercicio, si son buenos. La mayoría de los libros llamados «de amor», como novelas, poesías, etcétera, sólo sirven para intoxicar de romanticismo a las almas jóvenes, o para em– pujarlas a la extenuación entre sucios desórdenes. Cuando esto último se produce, ya no puede hablarse de amor; se trata de algo muy bajo, que se expresa mejor con pa– labrotas. »De libros de amor yo sólo aconsejaría aquellos que enseñan, no a amar, sino cómo debe uno portarse cuando la ocasión de amar llega. La ocasión de amar es eso que llamamos «relaciones» o noviazgo; y entonces ciertamen– te puede resultar muy provechosa la lectura de ciertos escritos que muestran el verdadero ideal del amor entre cristianos y el camino para llegar a él, sorteando los mu– chos peligros que asedian mortalmente a los que aman. Fuera de esto... - Pero ¿no le parece - dijo una - que también pue– de ayudar al amor la lectura de novelas y poesías? - Escasamente. Por lo general, casi lo más que pue– de esperarse de tales libros es que no hagan daño. Hasta la fecha, los libros de literatura han ayudado muy poco al verdadero « buen amar». Más han contribuido a estro– pearlo. Cada día me convenzo más de que no tenernos 339

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