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él mismo había sido muy becqueriano durante bastante tiempo. Pero veía que el contenido de su editorial quedaba en pie, a pesar de cuanto quería decir la pluma de aquel soldado contradictor. Para éste, Bécquer sería siempre in– mortal porque había sabido cantar al amor, y el amor es lo más grande que hay en la tierra, sobre todo cuando se torna melancólico por falta de comprensión y corresponden– cia. Si había que renegar de tal poeta y de los sentimien– tos por él cantados, entonces ¿qué iba a dejarse en la vida? No quedaría más que materialismo y brutalidad... Evidentemente, el soldado no debía de haber leído con mucha atención lo escrito por el P. Fidel. Todos conformes en que Bécquer era gran poeta y había sabido decir cosas muy hermosas; pero ¿podía aceptársele acaso corno un buen maestro para la formación de la juventud? Aquí esta– ba la cuestión. El editorial combatido tenía mucha miga, a pesar de la premura con que hubo de escribirlo el P. Fidel, más agobiado de trabajo cada semana: «Volverán las oscuras golondrinas»... ¡A cuántas y cuántos habrán hecho suspirar o soñar estos versos mági– cos del poeta sevillano! Nosotros hemos sido también de ese número; no nos causa vergüenza decirlo. Pero hoy queremos hacer pública nuestra apostasía de la espiritua– lidad romántica enseñada por el poeta de las «Rimas». »Hemos tenido que renegar de Bécquer; porque Béc– quer es un símbolo: el símbolo del romanticismo exquisi– to, pero enfermizo, lacrimógeno y manso. Podemos decir que Bécquer es el artista supremo de la desvirilización de la literatura. Con Bécquer sólo se puede llorar, porque casi todo lo que él canta en sus versos es inefablemente triste. El becquerianismo es la religión de la melancolía; pero de esa melancolía un poco artificiosa que Víctor Hu– go definió como «el placer de estar triste»; no de esa otra noble melancolía, generosa y serena, de la que hablaba el P. Lacordaire al decir que la melancolía es como un patri– monio de todas las almas elevadas. »La melancolía becqueriana acaba por hacer de los hombres unos seres inútiles y plañideros, en los que se agostan todas las posibilidades para el heroísmo creador. Las rimas de Bécquer pondrán suspiros en el corazón y tal vez lágrimas en los ojos; pero no servirán en absoluto pa- 336
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