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aunque a veces no lo entienda. Yo te alabo por todo... Y a pesar de todo lo que me digan en ocasiones mi razón y mis sentidos, yo creeré en Ti con toda mi alma y de Ti me fiaré por completo». »Josefina, Josefina, aun cuando de momento no sien– tas nada, estáte segura de que todas las gracias espiritua– les pedidas, o se te han concedido ya, o se te concederán... , y en mayor medida de la que hayas sabido pedir. Nos en– seña esto una hermosa plegaria de la Iglesia, la oración del domingo XI después de Pentecostés: «Omnipotente sempiterno Dios, que con la abundancia de tu bondad vas más allá de los méritos y deseos de los suplicantes, derra– ma tu misericordia sobre nosotros para que perdones lo que la conciencia teme, y otorgues lo que nuestra oración no se anticipa a pedir». »Hay que vivir de fe, Josefina. Sin gran espíritu de fe, estamos perdidos; este género de vida nuestro resul– taría inaguantable e idiota. Inaguantable, porque sólo el amor de Dios y la confiada espera de otros bienes muy su– periores a los de aquí nos puede sostener; idiota, porque ninguna persona cuerda está sacrificándose y luchando duramente, sin altos fines o motivos. ¿Por qué las almas mundanizadas no aciertan a explicarse lo que ven en quie– nes se entregan de veras a Dios? ¿Por qué juzgan locura su proceder y hablan y hablan a cada paso de «exageracio– nes», de «tonterías», de «no estar bien de la cabeza?» Porque carecen del necesario espíritu de fe, que es el que lo transfigura todo. Ellas tienen sus puntos de vista: los puntos de vista de «la sabiduría de la carne»; y no se dan cuenta de que existe otra mejor sabiduría, que mira desde ángulos superiores y opuestos. Ya San Pablo escri– bió a los de Corinto en su primera carta: «La palabra o doctrina de la cruz resulta una insensatez para los que van camino de perdición»; mas también el mismo apóstol asegura en dicha epístola: «Ante Dios, es pura necedad la sabiduría de este mundo». »Debes recordar con frecuencia el famoso sermón de San Francisco a sus frailes : «Hermanos: grandes cosas hemos prometido a Dios; pero mucho mayores son las que Dios tiene prometidas a nosotros. Guardemos lo que le hemos prometido y aspiremos con fervoroso anhelo a lo que El Jzabrá de darnos ... » El ideal debe ser obrar siem- 332
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