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ces he pensado qué hubiese podido llegar a ser yo, de no encontrarme en la vida con una madre como la que ten– go. Ahora, Josefina, hundida en la agitada oscuridad que se le vino encima al terminar el mes de la Virgen, no pen– saba en todo lo que debía a su madre, sino en lo que hu– biera podido ser de haber ido su vida por otros derrote– ros... La pobrecilla quería luchar por ser fiel a Dios, mas le parecía un loco obstinarse en algo imposible; quería sobreponerse a aquella terrible crisis; se asía a la fe y a la esperanza; acudía a la oración..., y era como si todo fallase, como si le hubieran cerrado el acceso al mundo sobrenatural en el que se había acostumbrado a vivir. Al fin, viendo que no lograba serenar su espíritu, se fue en busca del P. Fidel. Todo se iba aclarando ante el hablar reposado y cer– tero del Padre. Donde había oscuridad ponía él luz; don– de desaliento y desgana, un nuevo impulso de fervor... - Mira, Josefina - concluyó -, para un alma que de veras quiere ir a Dios no hay tentación más peligrosa que la del desaliento. Por eso el demonio ha estado con todas sus fuerzas soplando en tu alma desánimo y oscuridad. Hacerte ver que estás perdiendo inútilmente el tiempo era el más seguro camino para hundir tus anhelos de perfec– ción y tener él enteramente ganada la partida. »No, mujer, no; no dudes. Ni la más corta de tus ora– ciones ni el más pequeño de tus sacrificios han resultado estériles. La oración y el sacrificio no se pierden nunca. Hacia Dios suben, y ante El están siempre como volutas del mejor incienso, o valores inapreciables de las almas. »Puedes estar segura de que al ojo paternal de Dios no se le ha escapado nada de cuanto has hecho y desea– do hacer durante el mes de su Santísima Madre, y que Ella tiene bien registrado en su libro de Amor este últi– mo mes de mayo de su hija Josefina. »Pero había que someter a prueba tu fe y tu confianza: ¿cómo, si no, podrían aquilatarse tan preciosas virtudes? Hay en ellas una conmovedora perfección que atrae so– bre el alma todas las complacencias divinas, y es cuando el alma puede decirle al Señor de veras: «Dios mío, pa– rece como si me hubieras abandonado, pero yo quiero amarte igual. Me parece muy bien todo lo que Tú haces, 331
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