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velada con no sé qué fines benéficos, y yo fui una de las escogidas para actuar en público. Me dieron un número en el que tenía que cantar. Y canté... Me lo hicieron re– petir varias veces y me aplaudieron mucho. Yo misma estaba emocionada. Después vm1eron las felicitaciones: decían que tenía una hermosa voz, que cantaba con es– tilo... Yo, desde luego, cuando estaba en escena, vivía mí papel, ponía el alma en lo que hacía. »Recuerdo que mamá tenía una extraña prisa por sa– carme de entre los que venían a estrecharme la mano y darme la enhorabuena. Parecía que sus alabanzas y ca– lurosas felicitaciones le hacían a ella muy poca gracia. Yo no comprendía su actitud; ¿no se alegraba acaso del éxito de su hija? Si el caso hubiera sido a la inversa, yo habría demostrado como nadie mi entusiasmo y admira– ción, por lo muchísimo que la quería; entonces, ¿por qué ella obraba así? A varias personas que ponderaban mucho mi actuación les dijo con fría displicencia: «¿Que Josefina ha cantado muy bien? ¿Que tiene una voz muy bonita? ¡ Pero si parecía una gatita de Angora!» Sólo bastante des– pués de aquellas fechas he tratado de comprender por qué mi mamá hablaría así; entonces todo lo que ella de– cía me parecía a mí poco menos que dogma de fe, y des– de luego por encima de toda discusión. »Dijo, además, otra cosa que nunca se me olvidará. Un señor de influencia quedó tan complacido de mi actua– ción que, según me enteré más tarde, vino a hablar en se– rio a mis padres sobre que debían hacerme estudiar la carrera de canto y declamación, pues yo podía llegar a ser una figura. El mismo se ofreció a arreglar las cosas para que yo pudiera irme a un buen conservatorio... Creo que mi padre se mostraba indeciso; pero mamá rechazó de plano el proyecto. Cuando el buen señor, apremiándoles, les dijo: «No sean ustedes tontos, piénsenlo bien, que Jose– fina puede llegar a ser una primerísima cantante», ella re– plicó: «Preferiría verla muerta». »Posteriorme me fui enterando de estas cosas y no acertaba a comprender la actitud de mamá, pero no se me ocurrió juzgarla siquiera, ni menos pedirle una explica– ción: yo sabía que ella no obraba nunca a la ligera, que sólo buscaba mi bien. Desde luego, no merezco la madre que Dios me ha dado. La quiero con locura... Muchas ve- 330
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