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lo que aquellas cien eran como para poner los ojos en blanco. Pero ¡cuál no sería su feliz estupor al ver que la mano robusta del terciario iba añadiendo al primer bille– te otro y otro y otro... ! ¡hasta doce! ¡ 1.200 pesetas! No sabía el Padre cómo expresar su gratitud. Padre, nada; todos tenemos que ayudar a lo bueno, todos tenemos que hacer algo; y los que no vale– mos para otra cosa... ¡ Ah ! y hágame el favor de guardar todo esto en el mayor secreto. Dio la mano y se marchó. Al P. Fidel, tan alcanzado siempre de dinero para sus obras, le parecían aquellas 1.200 pesetitas un verdadero te– soro. ¡ Y qué oportunas ! Con ellas ya podía hacer frente a los primeros gastos de la administración. Las suscripciones habían empezado a afluir en crecido número... ; no podía diferirse el organizar un poco todo «aquello», que hasta entonces se había llevado «a la bue– na». Valentín Negrete fue nombrado «titular» de la adminis– tración, y comenzó a trabajar con mucho entusiasmo, pero sin sueldo. Le ayudaba no poco su práctica de oficina. Ba– jo su dirección trataban de hacer lo que podían los demás vendedores de «Avanzadilla». Todos los días, por la tarde, al salir cada uno de sus trabajos respectivos, acudían a San Francisco, y en un recibidor del convento se improvi– saba en pocos minutos la oficina de la administración. Ba– jaba el P. Fidel su máquina portátil de escribir (a veces conseguía bajar otra de cualquier Padre), y ¡ todos a traba– jar! Pero todos con el mejor humor. Cartas, fichas, cuen– tas... La señal de cierre era un aviso del Hermano Portero. Entonces se recogía todo en un sencillo armario de la V. O. T., y «¡hasta mañana, amigos!» Durante el mes de mayo salieron los números 4 y 5 de «Avanzadilla». Cada quincena tenía mayor éxito de di– fusión y comentario el pequeño periódico; y cada vez se veía más metido en el ardor del combate... Fue preciso, por ejemplo, salir a la defensa de las jó– venes vendedoras: «Algunos comentan desfavorablemente el que nuestras chicas terciarias entren a venuer «Avanza– dilla» en los bares y cafés. ¿A qué obedecen esos comenta– rios? Nuestras chicas no van nunca «de café», y pueden 324

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