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con miedo; se creía poco menos que una intrusa allí. Te– mía que la miraran, que alguien viniese a preguntarle por la razón de su presencia en el santo lugar. Hasta la puer– ta parecía oponerse a su paso, resistirle abiertamente, pues no acertó con la manera de abrirla hasta la tercera o cuarta vez - ¿por qué pondrían aquello tan complica– do? -. Dentro, buscó la zona peor iluminada, se arrimó a una columna para ocultarse en lo posible, y trató de re– zar... Pero casi no le salía más que esto: «Dios mío... Virgen Santísima... » Cuando tornó la puerta, al cabo de un rato, se sentía dulcemente triste. ¡Qué hermoso debía de ser estar en gracia de Dios, tener una vida limpia! ¡Acercarse a la Virgen sin sentir una horrible vergüenza! ¿Podría algún día también ella... ? Le parecía imposible. Habría que rom– per con muchas cosas..., y ganarse la vida de otro modo. ¿Y sería capaz de mantenerse firme en el camino del bien? «Soy una desgraciada - se dijo, casi con desesperada amargura - ; este vivir corno mala resulta ya inaguanta– ble, y quizá nunca más pueda volver a ser buena. ¿Por qué no me moriría a los ocho años?» Una mano que se le puso con fuerza en el hombro la sacó de su ensimismamiento. Era Carmen del Río, buena amiga suya. Y Carmen del Río, diecinueve años bien lu– cidos y... llamativos, rompió el fuego: - Oye: por la calle hay que llevar los ojos abiertos. Casi nos darnos de narices, y tú sin enterarte. ¿Se puede saber en qué ibas pensando? Me atrevería a jurar que hasta venías hablando sola. - Perdóname; pero es que... No, no me pasa nada. Venía un poco atontada, porque la verdad es que me en– cuentro bastante aburrida y no sabía qué hacer ni a dónde ir. No sabrás a dónde ir, pero ¿no puedes decirme de dónde vienes? ¡Capaz de volverte una rnistiquilla a estas alturas! No sabía yo que haces a escondidas tus escapadas a la iglesia... »Bueno, no te pongas colorada, que no es ningún cri– men. Por mí, puedes hacer lo que quieras: yo simplemen– te me desentiendo de esas cosas. Al fin, nadie sabe con certeza de parte de quién está la verdad. - Fue un momento. Sentía necesidad de estar sola... 319

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