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Las dos camareras de la V. O. T., Pepita y Angeles, se afanaron durante horas por que la iglesia estuviese verda– deramente de gala, y lo consiguieron. Las cantoras, en el coro, supieron cumplir como nunca con su deber... ; y to– dos atendieron más que a nada a rogar de veras por los dos queridos contrayentes. Al final de la ceremonia, María de la Gracia, que es– taba infantilmente contenta por estrenar aquel día un lindo trajecito nuevo, leyó el siguiente discursito: «Carísima hermana nuestra en San Francisco: Paz y bien. »Aunque soy la última de estas jóvenes terciarias, quiero ser ahora su intérprete, la voz de todas, que te di– ga sus pensamientos y los míos. »No voy a empezar como suele empezarse en actos parecidos, dándote las gracias por lo que has trabajado entre nosotras. Nosotras, que tratamos de entender las cosas de un modo sobrenatural, no tenemos por qué de– cirte: «Gracias, María Araceli; has hecho mucho, y lo has hecho bien». Dios, por quien lo has hecho todo, será el que te recompense, el que te alabe, el que te diga : «¡Muy bien!» cuando llegue la hora del eterno galardón. Nuestra honda gratitud y cariño queremos que se mani– fiesten, más que en palabras, en oraciones, porque sólo nuestro Padre celestial puede darte los bienes verdaderos, los que no perecen ni se han de abandonar nunca, y que son los que nosotras te deseamos. »Ahora que en ciertos aspectos tienes que alejarte de nosotras, estoy segura de que las últimas palabras que nos quieres decir son las mismas de Jesús: «Amaos las unas a las otras». Y ciertamente, este debe ser nuestro distintivo: la unión, el afecto fraternal. Nadie de los cristianos está tan obligado a cumplir el precepto de Jesús como nosotras, hijas y discípulas de un Serafín todo ca• ridad, que hasta a un fiero lobo supo llamarle «hermano». »Procuraremos cumplirlo, María Araceli. Procuraremos hacer de esta Sección Juvenil de la Orden Tercera una verdadera familia, donde Jesús reine, y en cuyo seno to– das nosotras seamos, como los fieles de la primitiva Igle– sia, «un solo corazón y una sola alma». Ruega al Señor que así sea. Tú, que has sido nuestra primera Secretaria, que has seguido con tanto cariño los primeros pasos de 316
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